CAPÍTULO 10: NEGOCIOS CON SONRISA Y VENENO

3132 Palabras
POV EZEQUIEL La puerta se abre con un rechinido que conozco desde niño, ese sonido viejo de madera que se queja porque no está hecha para visitas finas, sino para el paso de botas y sacos, para la vida real. El aire del pueblo tiene otro olor: menos polvo del rancho, más tierra caliente mezclada con gasolina, tortillas recién hechas que se cuelan desde algún patio y un perfume barato que intenta ganarle a todo. Bajo primero, abro la batea, reviso los barriles como si fueran costales de oro aunque huelan a lo contrario, y ya desde ahí la veo venir. Valeria Rojas. Pelirroja, trenzas largas, postura de mujer que sabe exactamente qué efecto causa cuando camina. Su cuerpo va adelante como si la calle le perteneciera. Su sonrisa llega antes que ella, y no es una sonrisa tímida ni casual. Es una sonrisa con intención. Con hambre. Con costumbre de conseguir cosas. —¡Ezequiel! —dice mi nombre como si fuera un saludo y una caricia al mismo tiempo. Yo levanto la vista y no me sorprendo. Con Valeria nunca hay coincidencias. Ella aparece cuando hay algo que puede sacar, algo que puede vender, algo que puede ganar. A veces también aparece cuando quiere recordarte que se acuerda de ti, pero no por nostalgia. Por control. —Valeria —respondo con la voz neutra, firme, sin invitarla a acercarse más de lo necesario. Ella se detiene a un paso que es demasiado cerca si lo midiera con otro. Me mira el sombrero, la camisa, mis manos, y sus ojos hacen esa lectura rápida que la gente como ella domina: “¿cómo estás?, ¿qué traes?, ¿qué necesito decir para que me des lo que vine a buscar?” —Qué gusto verte… —dice, y arrastra las palabras como si fueran miel—. Te ves… bien. Mejor que antes. No respondo a la insinuación. Me importa el negocio, no el teatro. —Traigo el abono —le digo, y señalo la batea con la barbilla—. Siete barriles, como acordamos. Valeria hace una mueca juguetona. —Ay, qué hombre tan directo —se burla—. Ni un “¿cómo estás?” primero. Ni un cafecito. La dejo hablar. La gente como Valeria se cansa si no les das pelea, pero también se vuelven más peligrosas si les das el juego. Así que la mantengo en un punto muerto: ni la ignoro del todo, ni le abro la puerta. —¿Los vas a querer o no? —pregunto. Ella ríe y esa risa tiene algo de descaro. Mira por encima de mi hombro y entonces la nota. A Alessia. No hay forma de no notarla aunque esté cansada, aunque esté sucia, aunque huela a rancho y a trabajo. La estrellita trae la piel roja todavía, el cuerpo marcado por el sol y la semana, las botas puestas como si fueran parte de una guerra privada, el cabello recogido sin glamour de set, pero con esa actitud de “yo sigo siendo yo” que le brota aunque no quiera. Está un paso atrás, mirando alrededor como si el pueblo fuera otra jaula, con la mandíbula apretada porque no le gusta sentirse fuera de control. Valeria se queda quieta un segundo. La sorpresa le atraviesa la cara como un relámpago. —No… —susurra, y se acerca un poco más, con los ojos abiertos—. ¿Esa es…? Yo ya sé lo que viene. Y siento el fastidio antes de que ocurra, porque el rancho lo aguanto, el polvo lo aguanto, el sol lo aguanto. Pero los fans, los chismes, el ruido de la fama… eso me enferma. Valeria se gira hacia Alessia como si estuviera viendo una aparición. —¡Eres tú! —dice, y su emoción se le desborda—. ¡Eres Alessia Vega! ¡Dios mío! Alessia se tensa. Lo noto. Su cuerpo cambia de inmediato: hombros atrás, barbilla arriba, ojos vivos. Como si le hubieran enchufado una batería. Y eso, eso es lo que me irrita. Porque con la pala estaba cansada, con el estiércol estaba real, con el trabajo estaba humana. Pero con un fan… vuelve la máscara en menos de un parpadeos. Valeria se le acerca con las manos juntas, emocionada. —No puedo creerlo… yo… yo soy tu fan —dice, y casi se ríe de la emoción—. Te veo desde hace años, tus videos con Thiago y tus amigos… me hacen reír un chingo. ¡Eres increíble! El nombre de Thiago cae como una piedra invisible. Yo no miro a Alessia, pero escucho el micro silencio que hace antes de responder. Un segundo mínimo. Suficiente para confirmar que ese nombre no es solo un compañero de videos. Es algo que la aprieta por dentro. Y aun así… Alessia sonríe. Esa sonrisa no es la de la chica cansada que cargó siete barriles. Es otra. Una sonrisa entrenada. Calculada. Perfecta. —Ay, qué linda —dice, y su voz cambia. Se vuelve más aguda, más “bonita”. Más de pantalla—. Gracias, de verdad. Me da mucha felicidad que te gusten. La escucho y se me revuelve algo por dentro. Porque ahí está. La máscara. El tono de influencer. La versión que sabe exactamente qué decir para caer bien. La versión que vive de ser mirada. Y me molesta porque suena… falsa. No porque ella sea mala persona, sino porque en ese tono hay una actuación que no necesita cuando está en mi rancho. Pero ella no sabe vivir sin actuar. Eso es lo que le molesta al rancho. Eso es lo que me molesta a mí. Valeria está extasiada. —¡No manches! —dice, casi saltando—. ¿Y qué haces aquí? ¿Grabando? ¿Vas a subir algo del rancho? Alessia se ríe, ligera, y yo puedo sentir cómo se acomoda en la pregunta. Cómo la gira para que no se vea lo que es. —Algo así… —dice, y esa vaguedad es típica de gente que no quiere decir la verdad sin perder control—. Estoy… tomando un descanso de la ciudad. “Descanso.” Qué palabra tan cómoda para llamar castigo. Valeria la mira con adoración. —Es que tú eres una chingona. —Luego baja la voz como si fuera complicidad—. Y Thiago… ay, Thiago es guapísimo. O sea, ustedes dos son una pareja perfecta. ¿Sí andan? Dime que sí. Siento el aire endurecerse. No porque me importe su pareja. Porque veo a Alessia apretar los dedos alrededor de nada. Se le marca la mandíbula. La sonrisa se sostiene, pero ya no se siente igual. Hay una tensión pequeña en sus ojos color miel-aceitunado, como si por un segundo se le asomara la verdad y luego la empujara de vuelta. —No —dice rápido, demasiado rápido—. No andamos. Valeria abre más los ojos. —¿Cómo que no? ¡Si se ven como que sí! —se ríe—. Ay, perdón, es que en los videos… Alessia la interrumpe con una risa aguda. —Los videos no son la vida real —dice, y el tono le sale demasiado pulido, demasiado “respuesta de entrevista”. Yo aprieto la mandíbula. No digo nada. No por paciencia. Porque hablar sería meterme donde no quiero. Y porque, honestamente, necesito cerrar el negocio antes de que esta escena se vuelva un circo. Valeria sigue hablando, emocionada, contando que la vio en un evento una vez, que quiso saludarla, que su prima la imita, que en el pueblo nadie va a creerlo. Habla y habla, y Alessia responde con frases perfectas, como si estuviera en una alfombra roja, como si yo no estuviera ahí con siete barriles de mierda esperando ser vendidos. La escucho. Y me da coraje por una razón simple: con ellos, con los del rancho, ella aprende. Con el sudor, ella aprende. Con el dolor, ella aprende. Pero con la fama… la fama la regresa a ser niña. Caprichosa. Intocable. Como si se le olvidara que ayer estaba peleando con una estufa. Y eso me confirma algo que ya sabía: el problema de la estrellita no es la falta de fuerza. Es la adicción a ser vista. Valeria por fin se gira hacia mí, como si recordara que yo existo y que esto no es un meet & greet. —Perdón, perdón… es que… —se ríe—. ¿Entonces cuánto por los barriles? Por fin. —Te los dejo a precio de siempre —digo. Valeria hace una mueca como si el precio le doliera en el orgullo. —Ay, Ezequiel… —me mira con esa cara de “hazme descuento porque soy bonita”—. Siete son un chingo. Yo solo necesito tres. La temporada está rara. La gente no está comprando tanto. —Entonces compra tres —contesto. Valeria parpadea. No esperaba que no jugara. —¿Y los otros? —pregunta. —Los vendo a otro —respondo. Ella se cruza de brazos, mirándome como si quisiera medir hasta dónde puede empujar. —Mira, te compro tres, pero me los dejas más baratos —dice. —No —le digo, simple. Valeria suelta una risa, como si creyera que es juego. —Ay, no seas así. —No es “así”. —Mi voz sigue tranquila, pero firme—. Es lo que cuesta. Si quieres abono barato, ve a buscar a alguien que te lo regale. Valeria chasquea la lengua, molesta, pero no se va. Porque también sabe algo: el abono de mi rancho sirve. Y en el pueblo, las cosas que sirven siempre terminan vendiéndose. —Eres un dolor de huevos, ¿sabías? —dice, y su insulto viene envuelto en una sonrisa. —Y tú eres terca —respondo. Valeria se ríe otra vez, pero sus ojos se afilan. —Está bien. Tres barriles. Pero me los traes hasta atrás, ¿eh? Yo no puedo cargar eso. Alessia observa la negociación como si fuera un reality. Está callada, pero puedo sentir cómo escucha. Cómo registra. Cómo aprende sin querer. —Te los bajo —digo—. Pero traes los vacíos. Valeria hace un gesto como si fuera lo peor. —Sí, sí… los tengo. —Se asoma hacia su patio y grita—. ¡Papá! ¡Saca los tambos! Alessia se sobresalta un poco con el grito. Está acostumbrada a ambientes controlados. Aquí la gente se llama a gritos porque el espacio lo requiere. Valeria vuelve a mirarnos con una sonrisa triunfal. —¿Ves? Siempre consigo lo que quiero —dice, más para mí que para Alessia. Yo no respondo, porque si respondiera, le daría el placer. En eso aparece un hombre mayor, con cara de pocos amigos. Me ve. Su mirada se endurece, y ahí me acuerdo de algo que nunca se me olvida, aunque el pueblo finja que sí: hace tres años, cuando salí de la cárcel, esa familia fue de las primeras en darme la espalda. No porque yo les hubiera hecho algo a ellos directamente. Porque en un pueblo pequeño, la cárcel te marca como si fuera tatuaje. Te conviertes en lo peor que la gente necesita señalar para sentirse buena. Valeria sonríe como si nada. Como si esa historia no existiera. Como si su coqueteo pudiera borrar el hecho de que, cuando más solo estuve, ella y los suyos me cerraron puertas. Ahora hacen negocios conmigo porque soy útil. Porque el rancho produce. Porque me he mantenido responsable. Y porque Emiliano, mi hermano, con su fama, con su disciplina y su maldita luz, ayudó a limpiar mi nombre en este pueblo jodido donde la gente olvida rápido cuando le conviene. Valeria me mira y se acerca un poco más, bajando la voz. —Te extrañé, ¿sabes? —dice, como si esa frase pudiera abrir un pasado. Yo no caigo. —Trae el dinero —le digo. Ella se ríe, pero su sonrisa tiene un filo. —Ay, ya. Qué amargado. —Luego mira a Alessia otra vez, como si recordara lo más importante para ella—. Oye, ¿y Thiago sí es así de…? —Valeria —la corto, y mi voz suena más dura de lo que pretendía—. Negocio. Valeria parpadea. Se muerde la lengua. Asiente con una sonrisa que no le llega a los ojos. —Está bien, patrón —dice con sarcasmo. Me muevo a la batea. Bajo tres barriles con esfuerzo controlado. Pesan. No tanto como una viga, pero lo suficiente para que el cuerpo lo sienta. El olor se pega. La tapa suena al moverse. Los arrastro hasta el patio trasero donde quieren almacenarlos. El padre de Valeria deja tres tambos vacíos a un lado. Los tomo. Es parte del trato. Se trabaja así. Se entrega y se regresa el envase. No hay drama. No hay sentimentalismo. Valeria me sigue con la mirada. Se me pega demasiado cerca. Se inclina para “ayudar” y su brazo roza el mío como si el contacto fuera accidente. No lo es. —Podrías quedarte un ratito —dice bajo—. Te invito una cerveza. O… lo que quieras. La miro solo lo suficiente para que entienda. —No. Ella suspira, teatral. —Sigues igual. —Y tú también —respondo. Valeria se ríe, y ahí está el veneno. —¿Te da miedo? —susurra—. ¿O te da miedo que tu estrellita se ponga celosa? Mi estómago se tensa. —No digas estupideces —contesto. Pero ya lo dijo. Y el problema de palabras así es que se quedan flotando incluso cuando no las aceptas. Valeria saca el dinero. Me paga. Cuenta los billetes con calma, como si quisiera que yo la mirara las manos. Yo los tomo, los guardo sin ceremonia, y cargo los tambos vacíos. Ella se queda apoyada en la puerta, mirándome como si no se resignara a perder del todo. —Deberías venir más seguido —dice—. A la gente ya se le olvidó lo de… ya sabes. Yo no respondo. Porque no se me olvida. Y porque ella no tiene derecho a hablar de eso como si fuera un chisme viejo. Me doy la vuelta con los tres barriles vacíos en la mano. Camino hacia la camioneta. Los dejo en la batea. Reviso que todo esté seguro. El sol ya está bajando un poco y el aire se enfría apenas. Alessia sigue cerca, quieta, con esa tensión en el cuerpo como si no supiera dónde poner las manos. Se nota que no pertenece aquí, en el pueblo, menos todavía en la casa de una mujer que la idolatra. Valeria vuelve a acercarse a ella como si no pudiera evitarlo. —En serio, eres… —dice emocionada—. No sé, me da hasta nervios hablarte. O sea, te juro que me ayudaste un montón cuando yo estaba bien bajoneada. Tus videos… —se toca el pecho—. Yo los veía y me alegrabas el día. Alessia sonríe otra vez con su máscara. Asiente, agradece, dice frases bonitas. Pero yo escucho lo mismo que escuché antes: ese tono agudo, esa forma de hacer la voz más “linda” porque está siendo admirada. Y me vuelve a molestar. No por celos. Por repulsión a lo falso. Valeria pregunta por Thiago otra vez. Alessia evade. Valeria insiste. Alessia se ríe. Valeria se acerca como si fueran amigas. Y ahí, por primera vez, noto algo en Alessia que no había notado con claridad: ella no solo actúa para gustar. Actúa para sobrevivir. Como si su fama fuera una armadura y sin esa armadura no supiera quién es. Valeria le toca el brazo, emocionada, como si estuviera tocando una celebridad en un museo. —¿Te puedo tomar una foto? —pregunta. Yo aprieto la mandíbula. Odio esa parte del mundo. Odio las fotos. Odio lo que significan. Odio cómo la gente reduce la realidad a una imagen. Alessia duda un segundo. Luego asiente con una sonrisa perfecta. —Rápido —dice—. Estoy… cansada. Valeria saca el celular. Se pega a Alessia como si fueran amigas de toda la vida. Alessia se acomoda, arregla el cabello, pone la cara que ha practicado mil veces. Click. El flash suena como una puerta cerrándose. Valeria mira la foto y casi grita de emoción. —¡Está perfecta! —dice—. No lo puedo creer. Yo miro el cielo, como si me pidiera paciencia. No la tengo, pero finjo. Valeria guarda el celular y entonces su mirada se va a mí, como si quisiera cerrar el círculo. Como si quisiera dejar una marca. —Qué loco —dice—. Alessia aquí… contigo. Quién diría. Su tono es insinuante. No lo disfraza. Alessia mira hacia mí. Veo en su ceño una tensión. No sé si es por lo que Valeria dijo o por lo que piensa que yo pienso. Yo no digo nada. Porque decir algo sería abrir la caja. Valeria se acerca un paso más, baja la voz, y dice algo al oído de Alessia que yo no alcanzo a escuchar. Alessia se queda quieta. Su mirada cambia. Se endurece. Se frunce. Valeria se endereza con una sonrisa triunfal, como si hubiera clavado una aguja donde debía. Alessia la mira con el ceño fruncido. Claramente molesta. Claramente incómoda. Y en esa cara veo algo que no es solo fastidio: es territorialidad. No por mí, me digo. No. Por orgullo. Por su imagen. Por el hecho de que una mujer del pueblo se atreva a insinuar cosas frente a ella. Pero luego los ojos de Alessia regresan a mí. Y ahí… ahí noto que hay algo más. Algo que no encaja con su papel de diva. Algo que se parece demasiado a una pregunta que ella no quiere tener. Yo siento un golpe seco en el estómago. Un pensamiento me atraviesa, simple, brutal: Mierda. ¿Qué le dijo? No me muevo. No la confronto. No le doy a Valeria el show que quiere. Solo agarro el borde de la puerta de la camioneta y me preparo para irnos, con la calma controlada de alguien que ha aprendido a no explotar en público. Pero por dentro, el rancho, el estiércol y los barriles ya no son lo único que pesa. Ahora también pesa esa frase que no escuché. Y el hecho de que Alessia me esté mirando como si hubiera escuchado algo que le cambió el aire. Y yo… yo odio el aire cambiado. Porque cuando el aire cambia, las cosas se salen de control. Y yo no permito eso. No en mi rancho. No en mi vida. No con mi estrellita.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR