ADVERTENCIA

1759 Palabras
Después de la pesadilla nocturna, Jennifer tuvo bastante dificultad para dormir, pese a ello, consiguió obligarse a descansar un poco. No era su deseo llegar ojerosa y reteniendo líquidos a su primer día de trabajo, como siempre le sucedía después de una mala noche. Se dio un largo baño con agua fría y, tras mirarse con horror en el espejo, decidió hacer magia con el maquillaje. Un delineado n***o de femme fatale, sombra negra en perra inalcanzable, mejillas rosas con el rostro contorneado y los labios de un rojo pasión. Su cabello ondulado fue cepillado pacientemente hasta hacerle unos rizos mucho más definidos. Luego miró la ropa en su maleta y se decidió por un atuendo revelador. No quería verse débil e indefensa ante el hombre. Numerosos rumores corrían en Chicago acerca de él y no se dejaría intimidar por su poder y temperamento. Ni siquiera por la gran enemistad que mantenía con su padre y su ex novio. Gracias a Lucifer, Henry no le había escrito desde hacía ya algunos días. Eso era bueno. Cuando Jennifer Wright llegó a toda prisa al último piso de la empresa, dejó apuradamente su bolso sobre la silla de su área de trabajo y se dirigió a la oficina de Lucas. Un grito brotó de sus labios. —¡Demonios! ¡Casi me mata de un susto! Lucas Massey la observó con atención desde su asiento. Aquella blusa entallada y la falda blanca delineando sus curvas resultaba fascinante para cualquier hombre. En ese momento, descubrió lo peligroso de aquella imagen, sabía que podía olvidar fácilmente que se trataba de la hija de su enemigo, aunque… tampoco sería mala idea hacer pagar a la hija por los errores del padre. Ya lo había hecho una vez. —Es mi oficina. ¿Por qué no debería de estar aquí? —Solo… la contadora Leyla me ha dicho que usted llegaba más tarde —respondió en un intento por justificar su primera impresión. —En realidad, no tengo hora de entrada o salida. Tendrás que acostumbrarte a eso, niña. —Ya le dije que no soy una niña —se defendió mirándolo de manera desafiante, sin darse cuenta de lo mucho que el hombre gozaba el hacerla enojar—. Mi nombre es Jennifer. —Leyla te explicará lo que tienes que hacer el día de hoy, sobre tu escritorio hay unos archivos que necesitas ordenar y un par de llamadas por realizar. A las once de la mañana debes ir a la planta baja, mi sastre corporativo vendrá a tomarte medidas. —¿Medidas? —¿No recuerdas lo que firmaste el día de ayer? Las medidas son para el uniforme. —Está bien. —Puedes retirarte. Jennifer soltó un hondo suspiro y abandonó aquel lugar. Lucas Massey había optado por un traje sastre blanco aquel día y a la pelirroja le había resultado por demás atractivo. Leyla no demoró mucho en llegar. —¿Cómo estás, Jennifer? —Preguntó a modo de saludo sentándose frente a su escritorio—. ¿Te ha dicho el Jefe que a las once viene su sastre a tomarte medidas para el uniforme? —Bien, gracias. Bastante confundida con todos estos papeles… —confesó la chica—. No entiendo muy bien qué tengo que hacer con cada cual y… el señor Massey no parece estar dispuesto a enseñarme nada. Leyla le regaló una comprensiva sonrisa. —Lucas Massey jamás enseña nada, señorita Wright. Él solo exige. A ver, déjame ver. La mujer leyó cuidadosamente todos los pendientes y le fue explicando a Jenny lo que tenía que hacer. La más joven no se olvidó de anotarlo todo en una libreta nueva, pues la contadora le aseguró que no siempre tendría tiempo de ayudarla. —¿Has estendido? Jennifer asintió. —Las llamadas se quedan en espera hasta que él lo apruebe. —Exacto. —Nunca debo entrar a su oficina sin anunciarme. —Nunca, a menos que él te llame. —¿Y si necesito entregarle algo? —Para eso está la línea telefónica. No olvides contactarlo primero. El señor Massey es demasiado celoso con su privacidad. La expresión de la mujer cambió un poco y a la pelirroja le llamó la atención, tuvo deseos de preguntar, sin embargo, Leyla siguió hablando. —Tanto tú como yo, dos directores más y el guardia de seguridad del edificio tienen el número personal del Jefe, ese número no se lo debes dar a nadie más, ¿entiendes? —Entendido. —Tampoco debes llamarle a menos que sea urgente, ¿de acuerdo? —De acuerdo. —Bien y esto… —Leyla tomó uno de los recados y suspiró. —¿Qué pasa, contadora? ¿Qué es eso? —Malas noticias, señorita Wright —respondió la mujer con pesar—. Malas noticias… ¿Ve este nombre? La chica asintió. —Este es uno de los nombres que verá con mayor frecuencia. A. Adrik es el dueño del Moulange Rouge, un centro nocturno de alto nivel para hombres como nuestro jefe. Es un lugar lleno de excesos y… negocios. —¿Negocios? —Al señor Lucas le gusta reunirse con socios potenciales en ese lugar. Ya lo verás más adelante. Solo llama y confirma su asistencia para el día de mañana. Mesa de siempre, servicio completo. “Mesa de siempre, servicio completo”, se repitió la chica mentalmente. —Lo tengo. —Bien, ahora debo irme. No olvides darte una vuelta por mi oficina antes de tu hora de salida, quiero ver cuánto has avanzado con los archivos del computador. —Claro. Su primer día de trabajo fue por demás aburrido. Jennifer realmente esperaba que las cosas mejoraran en algún punto. Nunca pensó que la vida laboral fuera tan gris. Además, Lucas se la había pasado encerrado en la oficina y ella ahogada entre un sinfín de papeles. La única ocasión en que pudo tomar un respiro fue cuando bajó a tomarse las medidas. El sastre era un señor algo avanzado en años, bastante simpático. Le contó que era tan solo un joven cuando, tras la muerte de su tío, también sastre, comenzó a trabajar para el padre de Lucas Massey. Luego regresó a su mundo de papeles. —¿Qué estás haciendo aquí? Una voz ronca y varonil se escuchó a sus espaldas. Jennifer estaba tan concentrada, peleando con la computadora, que no había oído cuando la puerta de su jefe se abrió. Lucas Massey estaba de pie tras ella. —Pasan de las tres de la tarde, ¿no piensas salir a comer, niña? La pelirroja estaba tan exhausta que ni siquiera tuvo energía para defenderse de los ataques del hombre cada vez que la llamaba “niña” y no por su nombre. —Creo que olvidé preguntar sobre mi hora de comida, señor. —A las dos de la tarde es tu hora de comida. De dos a tres y media. Pídele a Mitzy de recepción que te diga donde puedes comer que no quede tan retirado. —Señor, yo… me preguntaba si podría salir más temprano, solo por hoy. Una sonrisa burlona se formó en labios del CEO. —Mira nada más el tamaño de esas agallas… Primer día de empleo y ya comenzamos con los permisos. ¿Acaso tienes una cita con Henry? —Tengo algo que hacer. Le aseguro que no volverá a suceder. —Eso espero. ¿Cómo vas con mis llamadas? —He realizado todas, señor. —Bien —Lucas miró su reloj de muñeca, se trataba de un rolex edición limitada—. Si te saltas tu comida… puedes retirarte a las seis. ¿Está bien? —Excelente, mil gracias. Aquello fue tan extraño. Jennifer Wright jamás se imaginó dándole las gracias a Lucas Massey, el hombre más odiado en su familia, pero la vida tenía otros planes, al parecer. Lucas pareció querer añadir algo más, pero lo siguiente que la pelirroja vio, fue al hombre metiendo sus manos dentro de los bolsillos y alejándose por el pasillo. Después escuchó el elevador. Leyla se sorprendió bastante al ver a la nueva asistente de Dirección de pie en su oficina poco antes de las seis de la tarde. —Buenas tardes, contadora. Me preguntaba si podría checar mis avances del día. —Apenas van a dar las seis de la tarde, licenciada Wright. Su horario de salida es a las ocho de la noche. —Lo sé, pero… me temo que hoy saldré más temprano, contadora. Leyla frunció el ceño con extrañeza. Anteriormente, antes de la llegada de la joven, se encontraba tecleando velozmente en su teclado y todo movimiento de sus dedos se detuvo al escuchar aquello. —¿Qué has dicho? —Le pedí permiso al jefe de retirarme a las seis, es que tengo que checar algo de mi alquiler. Hice unas citas para ver departamentos cerca de la zona. La contadora permaneció seria. —Espero que eso no le incomode… —Quien tiene la última palabra aquí es el señor Massey, yo soy una simple empleada. Deja todo así y… mañana sin falta lo revisaré. ¿De acuerdo? No te olvides de dejar todo con llave. Tú manejas información de vital importancia para nuestro CEO, nadie puede tener acceso a tus cosas. Jennifer asintió de inmediato. —Claro que sí, contadora. Permiso. La pelirroja dio la vuelta y Leyla se percató de algo que ya había notado el día anterior. Aquella joven de veintitrés años tenía un cuerpo muy bonito. Definitivamente, era la clase de mujer que el Dueño de Corporativo Massey llevaría a la cama sin dudar. —Señorita Wright. —¿Sí? Jennifer giró sobre sus talones para ver a la contadora. Sus miradas se cruzaron. —Tenga cuidado. —¿Disculpe? —Sé bien que esto no me corresponde y le pido que olvide que lo escuchó salir de mi boca —advirtió con severidad—, pero, salvo por su sobrina, no he visto a ninguna mujer sentada en la silla que ahora tiene usted que no haya pasado por la cama de Lucas Massey. El señor es muy atractivo y tiene más que suerte con mujeres de todas las edades… por su bien, no caiga. —Contadora… —Puede retirarse. —Dígame Jenny, por favor… solo Jenny. —Bien, Jenny, puedes retirarte. Jennifer abandonó aquella oficina con su corazón latiendo a mil por hora. No entendía por qué, pero un sentimiento de decepción la llenó por entero. ¿Qué esperaba? ¿Una historia de amor con el asesino de su hermano?
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