Cuando Flor vio a Gonzalo por primera vez, él tenía 15 años. Se estaba haciendo hombre, muy serio, casi mal encarado. Desde niños se frecuentaban pero él era más grande y jugaba con niños de su edad. Por eso el primer día que en realidad lo vio él tenía 15 y para la sorpresa femenina se detuvo a mirarla. No pasó nada. Solo se le detuvo el corazón a Flor. Un frío tomó poder en las yemas de sus dedos y al mismo tiempo el color rojo subió a sus mejillas. Después de ese día Gonzalo no volvió a mirarla y ella permaneció pensando en él durante días, soñadoras semanas, largos meses y eternos tres años. – ¿Qué pasa? ¿Qué me miras? Le preguntó él sonriéndole mientras conducía lentamente, no tenía apuro, ningún apuro en que se acabara el paseo. –Conduces muy bien–Le mintió– Eso veía. Gonzalo

