Perdí la capacidad de hablar. Me quedé allí, de pie, mirando al chico que estaba medio tumbado sobre una cama de hospital idéntica a la de mi habitación. Nada en él era extraño. Quiero decir que su rostro era el de un tipo normal y, como llevaba la típica bata de ingresado que llevaba también yo, no había nada que destacara ni siquiera en su forma de vestir. Nada que me diera una pista sobre quién era él, en el sentido más filosófico de la pregunta. No pude saber con aquel vistazo si era borde o simpático, serio o gracioso, creyente o ateo, fan del fútbol o del béisbol, humilde o prepotente, sincero o mentiroso, tímido o suelto... bueno o malo. Le tenía frente a mí y Michael Donahow seguía siendo un enigma tan grande que no sabía por dónde empezar a desentrañarlo. Por su parte, él me mira

