Moriría por un beso tuyo. Parte 2

1461 Palabras
Balanceo los pies, sentada sobre la isla de la cocina. Miro las esmeraldas que parecen taladrarme con un solo vistazo y vuelvo a servir otro trago. El cristal esta pegajoso contra la yema de mis dedos; el tequila quema mi garganta, dejando un sabor amargo y abrasador a su paso. Sebastian y yo nunca habíamos sido buenos mediando palabras, siempre era un silencio abismal o una pelea inacabable. No había punto medio. Pero esta noche era distinta, podía sentirlo en los huesos. El mero hecho de que Sebastian permaneciera en su presencia para escuchar lo que tenía que decir era suficiente para darse cuenta que había algo latente en el ambiente. No sabía el que, pero algo era distinto. Sebastian no había apartado la mirada de mi, llevaba unos 5 minutos en la misma posición: cuerpo relajado, tobillos cruzados, cadera recostada de la encimera, y no podía evitar pensar que se veía endiabladamente sexy.   —Vas a quedar en coma a ese paso. Tuerce la boca en una mueca de completo desagrado. —Eso es lo divertido —digo, sirviendo otro shot—. Pero claro, tú no sabes qué es eso.   Su gesto se endurece, parece estar batallando en su interior sobre que decir a continuación, porque así es nuestra relación. Adoramos picarnos el uno al otro, tal vez sin eso a diario la vida sería menos divertida. En sus ojos se arremolina la duda, la lucha, pero no logro descifrar que quiere decir su expresión. Y eso es lo que pasa con Sebastian. Es tan reservado, serio y odioso conmigo que nunca logro saber que piensa realmente en su interior, sus ojos son tan hermosos y a la vez tan inexpresivos, al menos para mí. Sabe esconder sus emociones y sentimientos tan bien que desde el principio ha sido un completo enigma, cosa que me saca de quicio. Desde muy pequeña nunca me ha gustado no saber que piensan o sienten los demás, por lo que me he vuelto un poco experta leyendo a las personas. Pero Sebastian es… un completo muro. Cuando está con Sandra es otra persona, ríe, llora, bromea y cuenta sus secretos. Conmigo…apenas logra decir como estuvo su día. A decir verdad, le tenía algo de envidia a Sandra, porque Sebastian de verdad llegaba a ser agradable con las demás personas. Podía perder la cuenta las veces que había escuchado a escondidas charlas entre ellos dos, y le generaba cierta tristeza no poder ser parte. Le generaba tristeza que Sebastian nunca le haya dedicado ni una sonrisa sincera en todo ese tiempo.   El ojiazul me mira entre tanto y tanto. Se relame los labios y hace algo impensable. Cruza los dos metros que nos separan a la velocidad del rayo y me aprisiona contra la isla de la cocina. Pone a cada lado de mis muslos sus manos, quizá demasiado cerca, y con una sonrisa maliciosa en el rostro susurra:   —¿Quieres ver cuán divertido puedo ser?   Tal vez es lo mas cerca que hemos estado desde el comienzo de nuestra convivencia, cosa que me descoloca.   —Yo… eh…   Tartamudeo y me doy un golpe mental. Son demasiadas cosas pasando a la vez como para pensar con claridad. El alcohol mantiene mis pensamientos borrosos y arremolinados, cosa que me complica todo. El olor de piel me hace girar la mente y perder el hilo de mis pensamientos, revolucionando mis hormonas y mi corazón; que está por salírseme del pecho. Sus ojos a tan solo centímetros me hacen sentir pequeña, desnudan mi alma y mi mente, casi podría decir que sabe lo que pienso. Su tacto… tan solo un roce de sus dedos en un lado de mis muslos me lleva directo a la locura, como si hubieran encendido un cerillo encima de mi piel. Es inexplicable el cosquilleo que siento en ese pequeño roce.   —¿Y bien?   Pregunta, llevando el pequeño vasito a sus labios. Observo como traga y su manzana de Adán sube y baja, y puedo jurar que es la acción más caliente que he podido apreciar en la vida. Su aliento le hace cosquillas en el rostro, huele como a mente y chocolate. Dios, que exquisito.   —¿Qué quieres decir con eso? —Creo que sabes a que me refiero. —Realmente no.   De repente sonríe malicioso. Se aleja con lentitud y me observa desde su altura. En seguida me siento fría, anhelando su cercanía de nuevo. Se aleja y abre el refrigerador, hurga en él unos momentos y luego cierra de golpe.   —¿Qué tal si nos divertimos un rato?   Se acerca de nuevo y casi me encuentro suplicando que me toque de nuevo, que respire sobre mí. Su sonrisa es lobuna, un augurio de que esto no saldrá nada bien. Busca otro vasito en la encimera y lo deja junto al que habíamos compartido anteriormente. Vierte el líquido en cada shot y me tiende uno.   —Salud. Dice, chocando cristal contra cristal. Asiento y lo dejo estar, porque todo esto parece demasiado irreal. —Podríamos hacerlo más interesante —susurro, en tono burlón.   Vuelve a su antigua posición, solo que una de sus manos sirve de nuevo otro trago y la otra roza peligrosamente mi piel.   —También tengo un par de ideas. —¿Cómo cuales? —pregunto, con la curiosidad latente. —Verdad o shot. Responde, y casi jadeo al sentir como su pulgar acaricia mi piel en círculos, enviando descargas por todo mi cuerpo. Con todo el auto-control que puedo conseguir en mi mente, le hago una seña para que comience el.   —¿Por qué me buscaste esta noche?   Su pregunta sale disparada y me da como una bala. Sin dudar tomo el chupito entre mis dedos y lo deslizo entre mis labios; unas pequeñas gotas se escurren y las relamo con la lengua. Su mirada se desvía a mi boca. —¿Por qué me odias?   Mira de nuevo mis ojos, y se encoge de hombros. —No te odio. —¿Entonces por qué siempre parece que olieras mierda en mi presencia? —Adelle, no puedes caerle bien a todo el mundo. Habrán personas que simplemente no congenien contigo, eso no significa que te odien.   Frunzo el ceño, esa no era la respuesta que esperaba. Pues claro que sabia que no podía caerle bien a todos, pero con el nada tenia explicación.   —¡Pero es que tu eres un imbécil conmigo! ¡Siempre! —exclamo, algo aireada—. No hay día en el que seas amable conmigo, siempre me ignoras, y cuando no es solo para pelear por alguna tontería.   —Así que es eso, ¿Cómo no te presto atención por eso armas todo este escándalo?   —¿Qué? Por supuesto que no.   —No estás enojada porque peleamos, o porque nunca tengo nada bueno que decir. Estas enojada porque no te doy la importancia que los demás te dan, y eso te vuelve loca. Tengo mejores cosas que hacer que siempre complacer a la gran Adelle —susurra, burlón—. Te enloquece que no esté a tus pies, como la fila de chicos que tienes detrás.   —No es cierto —aclaró, enfurruñada—, siempre trato de que nos llevemos bien, y choco con un gran muro de ladrillos. O sea, tú.   —Bien, ¿así que no esperabas que te dijera que todo este tiempo no te he odiado sino que he estado enamorado de ti? ¿No esperabas acaso una confesión de amor?   Lento, pausado, divertido, burlón, malicioso como siempre. Su mueca quedaría grabada a fuego por siempre en mi cerebro.   —No es cierto —repetí, como una idiota.   —¿Ah no, y entonces por qué todo eso de querer acercarte a mi? ¿Qué es esta repentina preocupación? —contraatacó, sin darme pie a huir por la derecha.   —Por el bien de Sandra, de ti, de mi. Para ser amigos por primera vez desde que vivimos juntos.   —Mentira.   Una de sus manos toco mi cintura, atrayéndome mas al borde, y a él. Intente liberarme pero me agarro con más fuerza, sin lastimarme, acercando nuestros cuerpos al punto de casi tocarse. Ese simple acto logro nublar mis pensamientos, desestabilizar mi cuerpo y cortar mi juicio. Si tan solo sus manos bajaran un poco, y sus labios tocaran los míos… mis pensamientos volaron, y me encontré pensando que podría pasar si tan solo lo besara. Anhelando que me besara.    —¿En qué piensas? —pregunto en mi oído, rozando con sus labios el lóbulo de mi oreja.   —En que quiero que dejes de tocarme con tus sucias manos.   —Mentirosa  —murmuro, disfrutando el momento—. Lo que daría por saber que pasa por esa cabecita.         
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