―¿Por qué tiemblas, Priscilla? Apoya la palma de su mano derecha a un lado de la pared en la que me encuentro recostada. De esa manera me acorrala y limita mis movimientos. Quedo atrapada entre su cálido cuerpo y la fría pared de concreto. Me deja sin la posibilidad de que pueda escapar de él. —Aquí está mi familia, así que… —esta vez me aprisiona contra su cuerpo y puedo sentir la manera en que mis pechos se hunden en la piel sólida de su torso—, tengo derecho a estar en el mismo lugar en el que ella se encuentra. Sus ojos alternan entre los míos y mi boca. Tengo el presentimiento de que me está pidiendo autorización para besarme. No obstante, sé que poco le importa que se lo permita o no; igual irá por lo que quiere. Es un hombre que está acostumbrado a conseguir lo que se propone.

