Capítulo 4 (La máscara de porcelana)

1147 Palabras
El uniforme de la Academia Saint-Gabriel era inmaculado: blazer azul marino, blusa blanca con cuello alto, falda plisada hasta la rodilla. Pero esa noche, durante la fiesta de bienvenida, las reglas eran otras. Las luces cálidas del gran salón brillaban sobre el mármol pulido, la música clásica flotaba en el aire y las conversaciones se entrelazaban con copas de champán sin alcohol. Todo parecía sacado de un cuento de hadas… hasta que se miraba más de cerca. Carla, ahora Isabella Duarte, descendió por las escaleras envuelta en un vestido blanco de seda. Tenía el cabello teñido de un rico color cobrizo, recogido en un moño bajo con un flequillo ocultando su frente, también se había puesto lentillas de color verde, usaba un maquillaje apenas perceptible muy discreto, y un collar discreto en el cuello. Había estudiado a fondo a Samuel Laurent. Sabía que le gustaban las chicas con un aire de pureza, una mezcla de timidez y misterio que él pudiera moldear. Y esta noche, ella sería exactamente eso. El salón se detuvo por un momento cuando entró. No por su belleza, aunque la tenía, sino por la forma en que parecía deslizarse entre las sombras, sin hacer ruido, sin reclamar atención, y aun así atrayéndola toda. Carla no hablaba mucho. Sonreía con recato, agradecía los halagos con una leve inclinación de cabeza y evitaba deliberadamente acercarse a Melissa o Sam. Pero su verdadero objetivo no era Melissa. Era Claudia. La había identificado al instante: la forma en que observaba a Sam cuando Melissa no la miraba, el modo en que fingía desinterés mientras sus ojos lo devoraban como si el fuera un trozo jugoso de carne en su última cena. Carla se acercó a la mesa de postres y se ubicó estratégicamente cerca de ella. Fingió servirse una copa mientras escuchaba su conversación trivial con un par de alumnas. Claudia hablaba de un supuesto viaje a Milán, pero su atención estaba fragmentada. Carla la siguió con disimulo durante los siguientes minutos y no se equivocó: Claudia salió del salón principal en dirección al ala este. Carla esperó. Contó los segundos en su cabeza. Luego caminó con paso firme hacia el pasillo lateral, fingiendo buscar los baños. Y ahí los encontró. Sam y Claudia estaban contra la pared de mármol, sumidos en un momento que rompía todas las reglas. Él la sostenía por la cintura. Ella se aferraba a su cuello como si le faltara el aire. El vestido de Claudia estaba arrugado subido por sus muslos atrapados por las masculinas manos, y los labios de ambos aún brillaban. Carla fingió sorpresa. Tosió, suave pero audible. —Oh… disculpen. No sabía que… —Su voz fue apenas un murmullo. Sam se giró, visiblemente molesto por la interrupción. Pero en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Carla, algo cambió. La miró con interés, con esa intensidad depredadora que había aprendido a reconocer en sus videos, en sus fotos, en las entrevistas donde hablaba con sonrisas ensayadas. Carla dio un paso atrás. —No se preocupen —dijo, bajando la mirada—. No diré nada. No es asunto mío. Y se fue. Con pasos pequeños, medidos, dejando atrás la escena con una precisión calculada. Sabía que Sam no se conformaría con eso. Sabía que la curiosidad ya había germinado en su mente. Y así fue. Los días siguientes, Sam comenzó a rondarla. No directamente. No aún. Pero la observaba. En clase, en los pasillos, en la biblioteca. Carla actuaba como una recién llegada tímida pero aplicada. Respetuosa. Nunca alzaba la voz. Nunca discutía. Siempre tenía todo en orden prolijamente. Y sin embargo, una tarde, mientras regresaban de una actividad extracadémica, Carla se colocó estratégicamente en el camino de regreso a la mansión de los Laurent. Había estudiado la rutina de Sam. Sabía por dónde pasaría. Y sabía que debía hacerle sentir que él la había salvado. Dos chicos, pagados por Mauro, la siguieron discretamente. La escena estaba perfectamente orquestada: Carla caminaba sola, con sus libros en brazos, cuando fue interceptada. Hubo un forcejeo leve, unos gritos, y Sam, al volante de su auto, frenó en seco al ver lo que ocurría. —¡HEY! ¡Apártense! —rugió al bajar. Los dos chicos huyeron sin oponer resistencia. Carla cayó al suelo, respirando agitadamente, con una lágrima perfecta bajando por su mejilla. Sam se inclinó junto a ella. —¿Estás bien? —Sí… creo que sí. Solo intentaban… no sé, quitarme mis cosas. Sam la ayudó a levantarse. Sus manos eran firmes, casi demasiado. —¿Cómo te llamas? —Isabella. Isabella Duarte —dijo ella con un leve tartamudeo ensayado. Él asintió, repasando su rostro. Sus ojos brillaban con una mezcla de molestia e intriga. —No deberías andar sola por esta zona —le dijo. —No lo sabía. Soy nueva… y no conozco bien los alrededores. Sam la acompañó hasta la puerta de su edificio, pero no sin antes mirarla de nuevo, como evaluándola. Carla lo sabía. Sabía que lo tenía. Días después, durante una partida de póker con sus amigos en el jardín de invierno de la academia, Sam se recostó en la silla con aire burlón. —Esa chica nueva. Isabella. ¿La han visto? Algunos asintieron. Uno bromeó sobre que parecía una “virgen vestida para misa”. Sam sonrió. —Una conejita como esa… en tres días estará en mi cama. Ya verán. Todos rieron. Solo él sabía que no era un juego. Era una cacería. Lo que no sabía, es que esta vez él era la presa. Mientras tanto, Carla se mantenía ocupada en las sombras. Gracias al equipo que Mauro le había instalado en la mochila un pequeño dispositivo que interceptaba el tráfico de la red interna, había logrado infiltrarse en los canales de comunicación de varios estudiantes. Fue ahí donde encontró un grupo privado de mensajes entre Claudia y una de sus amigas. Uno de ellos la hizo detenerse. “Le puse unas gotas en la bebida. Nada fuerte, pero suficiente para provocar una reacción. No quería que ella estuviera presente en la gala, ¡iba a robar toda la atención!” Claudia hablaba de Melissa. Y de una droga. Carla cruzó esa fecha con los registros médicos de la academia. En efecto, Melissa había sido hospitalizada por una reacción alérgica severa esa misma noche. Carla copió el mensaje. Hizo una copia de seguridad. Y lo guardó. La primera grieta en la alianza de Melissa y Claudia estaba allí. La noche siguiente, Carla se asomó a la ventana de su nuevo dormitorio. Desde ahí podía ver parte del campus iluminado. Julia había usado ese mismo uniforme. Había caminado por esos mismos pasillos. Y ahora estaba en casa, en silla de ruedas, abrazando unas zapatillas vacías. Carla apretó los puños. Se miró al espejo. Ya no era Carla. Era Isabella Duarte. Y el juego apenas comenzaba.
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