El cielo gris que cubría el instituto esa tarde parecía un mal presagio. La brisa arrastraba hojas secas por el patio trasero mientras, en el interior, los ecos de pasos y risas se perdían entre pasillos silenciosos. El aula de música, olvidada por todos desde hacía semanas, se mantenía a oscuras, excepto por una luz tenue que se filtraba por la ventana entornada. Allí, en ese rincón silencioso, Claudia esperaba. Su pie tamborileaba con impaciencia contra el suelo de madera, pero su rostro permanecía sereno, frío, calculador. El silencio no la intimidaba; lo conocía bien. Lo había habitado desde que Melissa la expulsó de su círculo y la dejó sola ante el vendaval de rumores. Pero ese tiempo había terminado. La puerta se abrió con suavidad. Melissa apareció, impecable como siempre: cabell

