Si hubiera sabido que Hell y yo no teníamos la misma definición de "lento" me hubiera resistido a subirme en su convertible azul. Hell conducía muy rápido, iba a doscientos cincuenta kilómetros por la avenida circunvalar. Yo iba agarrada al asiento, a pesar de que tenía puesto el cinturón de seguridad. Christian iba atrás, canturreando por lo bajo. -¡¿es que piensas matarnos o que?!- grité alarmada. Él seguía mirando hacía al frente, una arruga surcaba su frente de mármol. -maldición, odio conducir- gruñó. ¿Qué era peor, volar o ir en carro? -¿Por qué no dejas que yo lo haga?- propuso Christian. -No, conduces muy lento- espetó. -Hell se caritativo conmigo y baja la velocidad. -hazle caso Friedrich, ella no es inmortal-. Apostilló Christian. -nunca he tenido un accidente, mucho me

