Noah Ella no respondió. Me besó con una urgencia que me quitó el poco aire que me quedaba en los pulmones. No fue un beso dulce, ni una invitación educada; fue un choque, la colisión de dos personas que habían pasado semanas conteniendo un incendio detrás de una fachada de profesionalismo y desprecio mutuo. La levanté en vilo, mis manos hundiéndose en sus muslos mientras ella rodeaba mi cintura con sus piernas. La senté sobre la encimera de mármol de la cocina, apartando con un movimiento brusco las tazas y el frutero que estorbaban. Necesitaba estar cerca. Volver a sentirme como aquella noche. —Noah… —jadeó contra mi boca, sus dedos enredándose en mi pelo con una fuerza que me hizo gruñir—. Sigues mojado, te vas a enfermar. —No me importa —le respondí, bajando mis besos a su man

