Pov. Ella El primer día en Grecia no fue el inicio de un sueño mediterráneo; fue el despertar de una resaca de adrenalina, miedo y una soledad que calaba más hondo que el invierno más crudo de Edmonton. En Canadá, el frío es algo que puedes combatir con capas de lana y calefacción central. Aquí, la soledad era un calor denso que se te pegaba a la piel como el salitre, recordándote en cada poro que estabas a miles de kilómetros de cualquier persona que supiera tu verdadero nombre. Me levanté cuando el sol todavía no terminaba de romper el horizonte del mar Egeo. El amanecer en Agios Nikolaos no llegaba con el estruendo de una ciudad despertando, sino con un silencio sepulcral que solo hacía que mis pensamientos sonaran más fuertes. La habitación olía a lino limpio, a madera vieja y a

