Pov Noah El rugido del motor de la camioneta de Cole era el único sonido que competía con el estruendo de mis propios pensamientos. Conducía por las calles de Seattle como si estuviera persiguiendo un disco en el tercer tiempo de una final, pero esta vez, el trofeo era mi propia alma. Mis manos, envueltas en vendas que ya se sentían rígidas por la sangre seca, apretaban el volante con una fuerza que hacía que la madera crujiera. Me ardían los ojos. No por el cansancio, sino por las lágrimas que intentaba contener para no llorar y accidentarme. Le haría un favor a aquel bastardo y me negaba a que eso sucediera. —"Cafetería... una maldita cafetería" —repetí, la voz ronca, casi irreconocible. Mis guardias habían perdido su rastro allí. Habían dejado que mi mujer se escabullera entre l

