Eduardo se desesperó cuando miró que su hermano hablaba en serio de no querer colaborar. —No, espera. Está bien, lo acepto. Pero si me prometes que tendrás mucho cuidado, y cada vez que te toque correr, yo te acompañaré. —¿A correr en el auto? —preguntó con emoción. —No, solo a verte, sabes que yo no soy fanático de eso. Pero por irte a cuidar, lo haré y te apoyaré desde la tarima. —¡Te amo hermano! Pero, hay algo más que te quiero pedir. —¿Qué otra locura se te ha ocurrido? —Quiero dar clases en una escuela primaria, y de preferencia que sea pública. —¿Qué? ¡Tú te has vuelto loco! ¡Cómo crees que te vas a ir a meter en una escuela de esas que se mantienen llenas de bichos y de insectos, te enfermarás si vas allí! Lo regañó. Sin imaginar que aceptar ese reto será lo mejor que haya

