CAPÍTULO 9
Debido a que Noah sigue en observación en el hospital, en teoría no voy a trabajar. En realidad, tampoco, pero aun así quiero ir a visitarlo.
Ahora mismo estoy en una juguetería, buscando un pequeño regalo para un paciente valiente.
Recorro un pasillo tras otro y al final encuentro una estantería llena de cajas de Lego. Encuentro el juego que necesito para construir un coche de carreras. Sé que Noah tiene varios de estos, así que espero que esta vez el destino me sonría y justo no tenga el que acabo de elegir, ya que son de la misma colección.
Al llegar al hospital recorro nuevamente el largo pasillo, pero en lugar de girar a la derecha, esta vez me desvío a la izquierda. Reviso el mensaje de texto de Liam para confirmar en qué habitación están Noah y él.
Aunque sólo me perdí un par de veces y tuve que pedir indicaciones a las enfermeras, finalmente llegó a la sala infantil.
Me aseguro de estar en la puerta correcta, toco suavemente el picaporte y entro.
Dentro, en la cama, veo a un sonriente Noah, que al igual que su padre, sentado en una silla, me están mirando.
— Hola, enfermito —le digo con una sonrisa mientras entro en la habitación—. Hola, Liam —añado, dirigiéndome también a él.
Él me responde con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa discreta.
— ¡Isaaa, por fin! —exclama Noah emocionado, intentando levantarse de la cama, pero su padre lo detiene suavemente con la mano.
Me acerco hasta el borde de la cama.
— ¿Cómo te encuentras, cielo? —pregunto, acariciándole el cabello.
— Ya está mejor, los médicos dicen que podrá irse mañana —responde Liam en su lugar, con voz tranquila.
— Me alegro mucho —le digo al hombre, para luego girarme hacia el pequeño—. Y traje algo para ti… Espero que te guste.
— ¿Qué eees? —pregunta Noah, con los ojitos brillando de emoción mientras intenta espiar dentro de la bolsa con el logo colorido de la juguetería.
Saco la caja con cuidado y se la paso. Al instante, su rostro se ilumina como si le hubiese dado la luna.
— ¡Gracias! Shhh… he soñado con un coche como este —dice bajito, como si fuera un secreto mágico, y de repente se lanza a mi cuello para darme un abrazo fuerte—. ¡Mira, papá! ¡Este no lo tenía!
Por el rabillo del ojo noto que Liam sonríe ampliamente, como si por un segundo se olvidara del hospital.
— Todo el placer es mío, rayo de sol —le respondo al pequeño, devolviéndole el abrazo.
Noah se suelta de mí, ansioso por abrir la caja y empezar a construir su nuevo coche de carreras con los bloques.
— No tenías que hacerlo —dice Liam, ahora mirándome con ese tono de voz serio pero suave que le sale cuando no sabe si agradecer o regañar.
— Pero quería hacerlo —respondo, guiñándole el ojo con picardía—. Y además, su sonrisa me hace feliz… No arruines el momento, jefe.
— Sea como sea… pero con una condición —dice, medio misterioso.
Intrigada, alzo una ceja con teatralidad.
— ¿Y cuál sería esa condición?
— Mañana por la noche vas a cenar conmigo —responde sin rodeos, mirándome fijo con esos ojos color caramelo que pueden hacerte olvidar tu nombre por un segundo.
— ¿Qué...? —No sé si estoy sorprendida, nerviosa o ambas—. ¿Estás diciendo que…?
— Sí, Isa. Te estoy invitando a una cita —dice con total naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo que un empresario invite a cenar a su niñera.
Me lo quedo mirando un momento. Me cae bien. Mucho. Lo veo no solo como mi jefe, sino como alguien en quien confío, alguien que se preocupa. Y sí, también es guapo y tiene una sonrisa que desarma. Así que…
— Está bien. Acepto. ¿A qué hora?
— Paso por ti a las nueve. Prepárate —responde con otra de esas sonrisas que tienen intenciones.
Después de un buen rato, logré convencerlo de que se fuera a descansar a casa unas horas. Liam accedió, aunque fue casi a regañadientes.
Noah y yo ya hemos terminado de armar el coche. Ahora él está sentado en su cama, jugando feliz, y yo estoy… pensando.
Pensando en esa invitación. ¿Una cita? ¿De verdad lo dijo así? Porque, que yo sepa, las citas son para personas que… ¿están interesadas? Y sí, me gusta. Me gusta su manera de ser, su forma de mirar, incluso cuando me regaña. Siento que podría confiar en él. Y tal vez ya lo estoy haciendo.
Pero eso no es lo que me asusta. Lo que de verdad me intriga… es saber por qué me invitó a salir, por qué lo llamó “cita”, y qué demonios significa eso para él.