El teléfono tembló en sus manos mientras luchaba con las lágrimas que le entorpecían la visión. «¿Acaso estoy loca? ¿Así de falta de cariño estoy?, le mandé mi número a un desconocido». Se arrepintió, pero ya era tarde. Momentos después la canción que indicaba una llamada entrante comenzó a sonar. Observó la pantalla a la vez que se limpiaba las mejillas.
—No puedo. «Hace muchos años que dejé la debilidad ante la gente».
Esperó que se extinguiera el sonido, pero minutos después volvió a sonar. Decidida deslizó el dedo y descolgó, pero no fue capaz de hablar sin que se quebrara y rompiera en llanto.
—Aledis —la voz masculina pronunciando su nombre la hizo estremecerse. «Dios mío que sonido tan hermoso»—. Por favor, háblame.
—Hola, admirador secreto. «Ni siquiera sé cómo se llama, ¡qué vergüenza!».
Una risa se escuchó al otro lado provocando que se contagiara de ella y comenzara a reír. Era una bipolar, pasaba del llanto a la carcajada en cuestión de segundos. Se aclaró la voz y, en cuanto consiguió tranquilizarse, le preguntó lo que tanto deseaba saber.
—¿Quién eres?
—¿Cómo te encuentras?
Ambos preguntaron al unísono. Un silencio incomodo se hizo entre ellos, cada uno esperando que el otro contestara.
—Mal, tus mensajes es lo único que alegra mi vida en estos momentos. «¿Por qué tuve que confesar eso?».
El desconocido suspiró aliviado.
—Saber que te regalo un poco de felicidad es lo que da sentido a mi existencia vacía y solitaria.
Aledis alzó una ceja, incrédula. ¿Sería cierto?
—¿Por qué tu vida es así? —preguntó, curiosa, cualquier información que le proporcionara lo acercaría a ella.
Por algún extraño motivo necesitaba tenerlo cerca.
—Aledis —el hombre hizo un corto silencio, la sola mención de su nombre escapando de él la estremecía—. No llamé para hablar de mí, eso podemos hacerlo cuando quieras. Ahora necesito saber qué te ocurre.
Apretó el teléfono entre las manos y, por más que deseara negarlo, que ese desconocido se preocupara por ella le llenaba un vacío que nunca se marchaba.
—¿Por qué te importa lo que me pase? «No creo que le importe a nadie más».
—Esa es una pregunta complicada, ni yo mismo lo sé. Lo único que tengo claro es que no logro dejar de pensar en ti.
No pensaba caer, no iba a creerse un par de palabras aduladoras de un acosador loco que le escribía cosas lindas.
—Quiero verte —sentenció, así saldría de dudas—. ¿Cómo puedo hablar con quién no muestra su rostro? «¿Y si tiene cincuenta años y es un viejo verde? Tal vez sea un asesino serial o, peor aún, ¿y si es feo?».
—¿Importa tanto cómo me vea? —la voz del hombre tembló y ella decidió mentir.
—No demasiado, solo quería poner un rostro a la persona que me provoca sonreír como una niña con juguete nuevo.
Lo escuchó suspirar, como si sus palabras le quitaran un peso de encima.
—Puedes llamarme Cris… Cristian.
Aledis adoraba ese nombre por más que le trajera recuerdos amargos.
—¿Por qué te pusiste nervioso? —decidió preguntar para espantar la visión que se apropió de su mente.
—¿Por qué haces tantas preguntas que no puedo responder?
«Ah, es el señor misterios al parecer».
—Está bien, creo que todos tenemos secretos. —Ella sabía mejor que nadie que no podía pedir sinceridad absoluta.
—Quisiera conocer cada uno de los tuyos —deslizó las palabras con un toque seductor que le provocó unos deliciosos calambres por todo el cuerpo.
Las piernas comenzaron a temblarle y se dijo que, si solo con el sonido de su voz provocaba todo aquello, qué no haría con sus manos. «Estás muy falta de sexo, perra. Si Elián estuviese viéndote de gritaría eso».
Aledis miró a la casa de sus padres de reojo y vio a su madre abrir la puerta y adentrarse al jardín. Apretó el teléfono, frustrada, quería seguir hablando con ese hombre, pero si seguía con aquella revolución de hormonas acabaría por pedirle algo más que palabras bonitas.
—Creo que debo colgar —emitió, con demasiada seriedad.
—¿Dije algo que te molestara?
—No, tú no hiciste nada malo, por el contrario. Si algo me importuna es que me gusta más de lo que esperaba el hablar contigo.
«¡Ya dale tu tanga!».
—Si me dices eso no podrás deshacerte de mí. —Lo escuchó reír, aunque algo le decía que estaba tan nervioso como ella.
—¿Quizás eso es justo lo que quiero? Dime algo antes de despedirnos.
—Te diré que no podré sacarte de mis pensamientos después de terminar la llamada, ¿servirá con eso?
Comenzó a reír con un ronroneo y sintió el calor subir por su cuello. ¿Qué le estaba pasando? Lo hombres le decían cosas parecidas todos los días. «Mentira, te miran el par de tetas y el culo, pero lo más bonito que te dicen es: en tu casa o en la mía».
—Eso no, tonto.
—¡Bien! Me gané un insulto, creo que estamos progresando, ya vamos ganando confianza.
—Dime algo, si tuvieras que elegir entre dar de lado al futuro por el que luchaste, el que quieres y deseas más que nada por darle apoyo a otras personas, ¿qué harías? ¿Abandonarías todo?
Su admirador secreto se tomó un tiempo prudencial antes de contestar y ella esperó con los ojos cerrados hasta que lo escuchó de nuevo.
—Depende de las personas, algunas merecen los sacrificios; aunque, en ocasiones, damos todo por gente que no lo valora, que se marcha de nuestras vidas como si no importáramos. Haría lo que me hiciera estar bien con mi conciencia y me llenara de orgullo. Decídete por lo que ilumine tu vida aún más, no mereces otra cosa que ser feliz.
¡Dios! Ese hombre se acababa de ganar un revolcón en su cama. Era un consejo maravilloso.
—Gracias, Cristian —susurró antes de colgar—. No desaparezcas, espero hablar de nuevo contigo.
—Cuídate mucho, mi angelita pelirroja.
La llamada se cortó y se quedó sujetando el teléfono contra su pecho. Las lágrimas se habían marchado y el dolor ya no estaba. Estaba dispuesta a enfrentar su pasado de nuevo y a ser fuerte una vez más. Ese consejo caló más hondo de lo que ese hombre alguna vez imaginaría, solo que no de la forma correcta. Tomó de él la parte que quería escuchar. «No mereces otra cosa que ser feliz, así debe ser».
Quitó la llave del contacto, agarró el bolso y salió del auto. Se colocó bien la ropa, dio un sonoro suspiro y comenzó a caminar hacia la casa que la había visto crecer.