Tengo la mente agotada. Mi capacidad para pensar está diezmada. No tengo fuerzas para seguir discutiendo con este hombre tan empecinado y terco que está decidido a salirse con las suyas a como dé lugar. A pesar de mi enfado, apreciarme tan cuidada y querida me hace sentir reconfortada. Acepto la tregua que pidió y, sucumbo, a mis irrefrenables ganas de refugiarme entre sus brazos y hundirme sobre su pecho cálido, mientras huelo de la deliciosa fragancia masculina que emana de su cuello.
―Sigues usando el mismo perfume de siempre.
Pregunto antes de que pueda darme cuenta de lo que estoy diciendo.
―Sí, cariño ―me mira de una manera que hace palpitar mis entrañas―. Es el mismo que tenía puesto la noche en que te hice el amor por primera vez ―responde con un tono de voz ronco y profundo―. No quise cambiar nada que me recordara a ti, incluso, nuestra habitación sigue intacta ―su confesión me deja atónita―. He dormido en una de las recámaras contiguas para que el olor que dejaste prendado en mis almohadas y en las sábanas nunca se fuera.
Trago saliva. Aferro los dedos de mi mano izquierda a la solapa de su americana. Si hubiera estado de pie, estoy segura de que me habría desmayado con tal confesión. Lud nunca fue un hombre romántico, así que escucharle decir tales palabras tiene a mi corazón navegando a toda vela. Me mantengo callada, con el oído puesto sobre el lado izquierdo de su pecho, arrullada por los convulsionados latidos de su corazón, que se escuchan tan precipitados como los míos.
―Estamos llegando a casa, cariño ―sus palabras producen un repentino calorcito dentro de mi pecho que me hace sentir emocionada. Nuestra casa. Por más que quiero evitar sentir cualquier familiaridad, mantenerme distante y fría, es imposible hacerlo. Mi cuerpo, alma y corazón, están confabulados en mi contra y parcializados a su favor. ¡Malditos traidores!―. Tengo una sorpresa para ti.
¿Sorpresa? Mi respiración se torna acelerada y la curiosidad se dispara inesperadamente. Me alejo de su pecho y lo miro a los ojos.
―Me gustan las sorpresas, siempre y cuando sean de las buenas.
Añado, para dejárselo en claro. No me fue muy bien, en el pasado, con las fulanas sorpresas. Suelta una gran carcajada en el momento en que se abre la puerta trasera del auto. Nunca antes lo escuché reír tanto como ahora. Incluso, se ve más relajado y tranquilo.
―Te prometo que esta es una de las que te va a gustar.
Me toca la nariz con la punta de su dedo índice y sonríe divertido. Me saca del vehículo cargada entre sus brazos. Sigue determinado a malcriarme y consentirme cual chiquilla.
―Puedes tomarte el día libre, Jacob, hoy no voy a necesitarte.
Fijo la mirada en la fachada de la casa. Me parece increíble estar de vuelta. Siempre amé este lugar, guardo buenos recuerdos del pasado. Aquí pasé muchos de mis mejores momentos con Lud.
―Iré a casa a cambiarme y pasaré luego por el club.
Abandono mis pensamientos y presto atención a la conversación. Lud asiente en acuerdo.
―Gracias, Jacob, hazte cargo hasta que hable con Robert y tome nuevas decisiones al respecto ―¿decisiones al respecto? ¿Qué habrá querido decir?―. No creo que pueda regresar al club hasta nuevo aviso. De hoy en adelante estaré aquí en casa, ocupándome de mi mujer.
Me atraganto con la saliva. ¿Su mujer? Jacob sonríe divertido.
―No hay problema, jefe, me encargaré de todo hasta que sea necesario.
Se despide de nosotros, sube al auto, enciende el motor y se aleja.
―¿Tu mujer? ―bufo con ironía―. Está sacando conclusiones precipitadas, señor Reeves.
Lud se detiene antes de subir el escalón del porche.
―Sí, Rachel, mi mujer. ¿Tienes alguna objeción al respecto?
Estoy a punto de contradecirlo, pero la puerta se abre antes de que pueda iniciar una discusión con él. Alfred se acerca a nosotros con una silla de ruedas, dejándome pasmada. ¡Están exagerando con tantas atenciones!
―Supuse que la necesitaría mientras esté convaleciente.
Sin embargo, Lud, lo ignora y pasa por su lado.
―No será necesario, Alfred, la llevaré cargada a su habitación.
Ruedo los ojos. Estos hombres se están volviendo locos.
―Eres muy gentil, Alfred.
Sonríe, satisfecho.
―Bienvenida a casa, señorita Rachel ―me dice al seguirnos los pasos―. Hemos estado esperando impacientemente por su llegada.
¿Hemos? ¿A quién más se refiere?
De repente se escucha un chillido tan agudo, que puede ser capaz de romper todos los cristales de las ventanas. Se me ponen los pelos de punta y me quedo sin aliento al descubrir de lo que se trata la sorpresa a la que Lud hizo referencia.
―¿Victoria?
***
Soy un maldito hijo de puta, nunca lo he negado, pero hablé en serio cuando le dije que no estaba dispuesto a perder ni una sola batalla, en lo que respecta a mis planes de reconquistarla. No soy tan estúpido como para no darme cuenta de las inmensas dudas que la embargan. Rachel desconfía de mí y de mis palabras. Hay tanta inseguridad en ella que me vi obligado a dar un paso crucial para evitar que se escape como el agua entre los dedos. Traer a Victoria de vuelta a su vida es una jugada maestra para asegurar que se quede conmigo hasta ganarme de nuevo su corazón. Haré lo que sea necesario para retenerla a mi lado.
―¿Victoria?
Su voz se oye frágil y temblorosa. Si no es por el estado en el que se encuentra, habría salido corriendo a los brazos de su amiga, sin importarle si en el proceso se hace daño. Para mi tranquilidad, es su amiga quien da el primer paso.
―¡Rachel! ―grita Victoria, al dirigirse hacia ella con piernas tambaleantes. Aún cargada entre mis brazos, ambas encuentran la manera para estrecharse en un sólido abrazo―. Me negué a creerlo cuando Lud me lo dijo ―menciona llorando a moco suelto―. Vine a comprobarlo con mis propios ojos ―niega con la cabeza―, casi muero de la impresión con semejante noticia.
Mi chica ahueca su rostro con las manos tras romper el abrazo.
―Lamento, no habértelo dicho, Vicky, pero tuve razones para mantenerlo oculto.
Victoria, asiente en respuesta. Existe un acuerdo tácito entre ellas para posponer una conversación de gran importancia como esta, para cuando Robert y yo estemos ausentes. Por supuesto que tengo alguna idea de las razones que le impidieron decirle a su mejor amiga que estaba viva. Un par de ellas cobra mucha fuerza entre mis hipótesis. La primera, porque ese cabrón del agente De Luca se lo exigió. Respiro profundo para calmar mi ira. Ese maldito y yo pronto nos vamos a ver las caras. En segundo lugar, sabe que su amiga es la pareja de mi mejor amigo y que, aquello supone, que cualquier cosa que le hubiera dicho para ese entonces, habría llegado a mis oídos. No la reprocho por ello. Supongo que se estaba protegiendo a ella misma.
―Te llevaré a la habitación para que las dos puedan conversar a gusto y recuperen el tiempo perdido ―las interrumpo, porque necesito hablar con Robert de un asunto muy importante―. Estoy seguro de que tienen muchas cosas que contarse.
Rachel gira su rostro y me mira de una manera tan cálida que veo renovadas mis esperanzas, a pesar del enorme precipicio que hay entre los dos. Ahueca mi rostro con sus manos suaves y me toma por sorpresa cuando deja un beso en mis labios.
―Gracias por esta maravillosa sorpresa, Lud.
Sonrío y aprovecho la oportunidad para devolverle el beso. Agradezco al cielo que mis planes estén saliendo como anillo al dedo. La aparición de Victoria en su vida será un motivo para mantenerla cerca, sobre todo, cuando sepa que ellos se acaban de convertir en mis nuevos vecinos.
―Haré todo lo que esté en mis manos para hacerte feliz, cielo.