Más tarde esa noche, mientras la tenue luz de la lámpara de noche iluminaba la habitación, Myunggi se sentó en el borde de la cama, intentando aún deshacer los pensamientos que le nublaban la mente. Los acontecimientos del día —la carta, la extraña sensación de que algo no iba bien— la tenían en vilo. Pero antes de que pudiera ordenar sus pensamientos, el sonido de unos suaves pasos resonó en el pasillo. Miró hacia el marco de la puerta, donde Thangyu estaba de pie con una almohada apretada contra el pecho. Su expresión era la viva imagen de la inocencia, una mezcla de súplica de cachorro y vulnerabilidad infantil. Parecía casi tímido allí de pie, con la almohada agarrada como si fuera una especie de súplica silenciosa. —Myunggi —dijo Thangyu en voz baja—, ya que hoy estás tan conmociona

