Llegué frente a Matt, quien estaba abriendo la puerta de un auto un tanto ostentoso, deportivo de colores demasiado llamativos para mi gusto, por lo que él se dió cuenta de mi sorpresa. —Es de mi padre, él mío está en el taller —sonrió casi como si se disculpara por verse muy presumido en un deportivo que podría costar más que mi carrera multiplicado por mil—. No soy tan excéntrico como él. —Me imagino, yo lo más excéntrico que tengo es una bicicleta de Barbie que me dió mi abuelo a los diez años —levanté los hombros y abrí la puerta del lado del copiloto, después de que el las abriese con la llave que tenía en las manos—. Y ya no la uso. —Barbie es bonito —me miró de reojo divertido. —Tu puedes ser, lo que quieras ser —dije en un tono de propaganda, sacándole una risa que no había esc

