Una tarde, Aaron y Corbin charlaban en casa de este último, acerca de la renovación de contrato de algunos clientes de la agencia. Wickerman quería ofrecerle un contrato a un joven actor, de apenas dieciséis años, pero que con su corta edad, se ganó la admiración de Aaron, por el increíble talento que tenía. Lo vio un par de veces en una obra de teatro local. —¿Y cómo se llama? —indagó Corbin ante el entusiasmo de su casi socio. —Thomas Neville —respondió el agente. —¿Y qué es lo que te impide ofrecerle un contrato? —Su actual agente; Jeffrey Saint-Michael —indicó Aaron—. El mismo que le jugó aquella mala pasada a Byrne. —Si por mala pasada te refieres a que le robó la esposa… Aaron soltó una carcajada. No lograba superar el sentido del humor tan peculiar que Corbin le inyectaba al

