Tenía mi rostro pegado al pecho suyo, su palpitar desbocado retumbó en mi mejilla, su sudor se mezcló con el mío, mientras sus dedos acariciaban mi cabello. Aún dentro de mí, se inclinó y me dio un dulce beso. Sus ojos brillantes me observaron con total entrega. Pegó su frente a la mía y soltó un suspiro. —Eso estuvo… —otro suspiro—. Sublime, delicioso, fantástico —sus manos acariciaron mis mejillas. Otro dulce beso—. Te amo —me abrazó. Nuestras respiraciones volvieron poco a poco a la normalidad, permanecimos abrazados por algunos minutos, hasta que él salió de mí. —Yo te amo más —dije en tono divertido. Él se agachó para recoger las partes de su vestuario que yacían regadas por todo el suelo del camerino. —Eso no lo creo. Yo te amo más —su voz era juguetona. —No. Yo te amo mucho más

