El humor de Mateo no era el mejor desde que tuvo que presentarse frente a un deudor, pues su nombre era el que estaba comprometido ante el sujeto que, si lo hubiese pedido, bajaría a lamer sus pies.
Por poco se postra ante él cuándo lo vio.
Allí entendió la razón para prestar dinero a alguien desconocido solo por tener el apellido que demostró con mostrar su anillo.
Ni siquiera optó por algo sencillo. Lo hizo pagar por un boleto de avión en primera clase, una habitación de hotel de las mejores de la ciudad y por supuesto gastos “extras”.
Una maldit@ pesadilla era tenerla con él. El dinero era lo de menos. Lo que le molestaba era que su nombre se viera envuelto en préstamos de dinero, como un estúpido que no tenia para pagar algo como eso.
—Pudiste decirle que viniera a pedirte el dinero directamente— alegó Izan con el casco de prueba en las manos. —evitarías tantas cosas de esa manera.
—Esa desquiciada podría venir rogando por ayuda y no me generaría más que placer lanzarle la puerta en la cara— espetó más molesto aún. —No contenta con quemar mi casa, me clavó los dientes como…Ni siquiera Scar me ha mordido.
Tener la mano vendada lo único que recordaba era el dolor que no entendía aún por qué provocaba. Aún peor, no lograba dar con la razón por la cuál lo hacían enojar todas sus acciones a ese punto. Muchos lo maldijeron antes, le dispararon y jamás pasó nada similar.
—Mamá y papá quieren hablar contigo al respecto— Mateo dejó de hacer lo que estaba haciendo enseguida. Izan alzó ambas manos con una risa divertida. —No sé cómo lo supieron. No fui yo.
—Ve a trabajar, idiota —le lanzó la bolsa con gel que sostenía en las manos. —Ahora que recuerdo, debo sacar a ejercitar a Scar. No toques nada de lo que ves aquí.
—¿Vas a correr y no averiguar sobre esa mujer?
—Puedes leer lo que dicen los investigadores sobre ella— señaló su oficina. —Alguien capaz de eso tuvo muchos motivos para hacerlo o es una arpía totalmente— se encaminó a la salida. —La segunda ha quedado más que demostrada. Sólo debes fijarte en la mujer de quién era—«el tipo que atacó a su madre», juró proteger a su madre toda la vida y alguien que ni la conocía, envió gente para atacarla—. Esa poca cosa seguramente se maravilló por la belleza que posee. Típico de los imbéciles.
—¿Y tú? —su hermano lo hizo girar ante la absurda pregunta que hacía.
Nadie negaba lo hermosa que era, con tanta delicadeza que daba la idea de haber nacido entre algodones y crecido entre globos. Globos que explotaban cada vez que se enfurecía al punto de encender los algodones y arrasar con lo que pudiera.
Algo muy acertado de cierta manera, porque Harper en su camino sólo podía pensar en la forma de dejar en cenizas ese lugar. Toda su vida huyendo para volver a lo mismo, una y otra vez. Ahora también por culpa de ser la esposa de un ser despreciable que sólo la perjudicó más al aparecer en su vida. No pensaba soportarlo más.
La hicieron pasar al dormitorio, mientras sus pies tomaban estabilidad. Las joyas en su cuello habían sido elegidas para demostrar que no era una prostituta cualquiera, y eso, era solo una humillación más atroz que tratarla cómo un mueble en la casa de los Bohemond.
El hombre robusto y de cabello blanco la observó con una risa que dejaba a la vista sus dientes amarillos por tanto tabaco masticado seguramente. Podía percibir su asqueroso mal aliento desde allí.
—Tal cómo Lorcan la prometió. Delicada dama de sociedad con cuerpo de zorra de esquina —el estómago se le revolvió al verlo acercarse. Se aferró a la cómoda detrás suyo, mientras pensaba en la forma de salir de ahí. —Mira que buen culo tienes.
—Yo no pertenezco a ese apellido. No soy de las mujeres de los Crown como le dijeron— trató de explicar por las buenas.
—¿Mujer de los Crown? —cuestionó confundido. —¿Qué es lo que sueñas? Las mujeres de los Crown no se venden cómo putas, aunque, ¿quién no quisiera una? De seguro han de tener el coño más…
La cara se giró con violencia hacia la derecha con el golpe que Harper le asestó, el objeto pesado se rompió en su frente y cuándo giró el cuello, el siguiente fue aún más furioso. La sangre se deslizó por el lateral de su cara, antes de caer, sin saber cómo reponerse.
La pelirroja sintió la patada a sus tobillos, pero soportó el dolor, para estrellar la jarra metálica en la rodilla, viendo las llaves en el piso.
Fue tomada del cabello con fuerza, peleó por liberarse hasta que lo logró, aún cuándo las velas hicieron lo suyo, las llamas comenzaron a esparcirse por la habitación, pese al dolor en su cabeza.
Recogió las llaves y corrió a la puerta, buscando la salida, aún desorientada en ese sitio. Encontró las escaleras, pero escuchó las voces de algunos sujetos hablar entre risas, descartando enseguida. La ventana era su única opción, siendo muy difícil hacerlo con un vestido de ese estilo y tacones.
Aún así, logró aferrarse a los tubos, los guantes los estaba destruyendo, pero no pudo pensar en nada más que no fuera en salir de allí. Cuándo estuvo a cierta altura, respiró hondo y calculó para no romperse los pies. Logrando hacerlo, pero el impacto la hizo quejarse y caer sobre su trasero.
Se permitió un respiro, oyendo el alboroto al extenderse el fuego, escándalo que le indicó que debía correr cuanto más rápido pudiera. Se levantó y avanzó hasta la carretera, buscando a su nana en algún sitio. No verla enseguida le descontroló el pulso, sin querer imaginar que pudieran cobrarle a ella, su escape.
La iban a matar. No podía permitir que la dañaran, era la única persona que tenía.
Se giró hacia el edificio cuándo sintió un abrigo cubrir sus hombros. Win estaba ahí, con esa sonrisa cálida y dispuesta a seguirla, una vez más.
Se movieron entre la gente. Harper con un gorro de lana en la cabeza y el abrigo cubriendo sus rasgos, mientras su nana la seguía hasta que pudieron tomar un taxi.
—Nos van a buscar para matarnos— le recordó Harper. —Puedes irte a tu pueblo, nana. Nadie te buscará allí, porque no saben donde vivías antes. No te quiero poner en peligro.
—¿A buscar qué, corazón? —le limpió la mejilla con la sangre que tenía de un corte. —Todo lo que tengo eres tú. No pienso dejarte sola. Además, no puedes dormir sin tu pastilla y las traje.
El frasco la hizo reír y agradecer por su compañía incondicional. Nadie la había apoyado tanto, como Winifred, por ello en cuánto se detuvieron en un sitio de empeño, ofrecieron las joyas que ella cargaba.
—Valen alrededor de 25 mil los collares y 10 mil los anillos, pero no puedo darle más de 10 en este momento— indicó el encargado. —Si viene en dos días, tal vez el dueño tenga una oferta mejor.
—Deme los 10— manifestó la pelirroja cuándo vio las sospechas del sujeto. —Me estoy divorciando, conservar las joyas es lo que menos quiero.
El tipo miró el anillo en su dedo.
—¿Lo quiere también por los 10 mil? —se lo quitó de las manos cuándo se dio cuenta de la atención. Aunque las palabras del cretino que se lo puso volvían, si le servía para conseguir un poco de dinero, lo daría sin dudar.
El sujeto revisó la argolla con el lente que acercó a su ojo, antes de enderezarse con ojos atónitos.
—¿Su marido le dio esto? —cuestionó.
—Ex, marido —reiteró. —Es una argolla común de los matrimonios. No es la gran cosa.
—No es el diseño, señora— le entendió la joya, —es el sello. —Ese sello es de los magnates en diseños exclusivos en joyería de América —Harper se quedó en blanco. —¿Cómo se apellida su esposo? ¿Cuál es el nombre de su esposo?
—Crown. Mateo Crown —decirlo le desagradó.
—Con razón, —sonrió. —Supongo que ya se da una idea de cuánto podría obtener por este ejemplar.
Harper no tenía idea de qué hablaba, pero la duda le entró al instante.
—Se me olvida en ocasiones, pero serías tan amable de hacerme recordar —sonrió con esa dulzura engañosa que siempre funcionaba.
El encargado no estaba asignado a hacer ese tipo de valoraciones, pero al ver el rostro de una dama que no usaba exigencias, sino palabras suaves para solicitarlo, le pidió esperarlo. Buscó el catálogo de su jefe y buscó la imagen de la línea de argollas de matrimonio.
—Esta línea salió este año y cada ejemplar es único, diseños simples, materiales puros y…¡aquí está! —le mostró. —Para que se dé una idea. Las joyas y los anillos juntos que me mostró antes, no valen ni la mitad del precio de este —lo colocó en su mano. —Y estos son los precios más comunes que manejan. Supongo que se lo dio porque es significativo para ambos.
—Me llevo los 10 mil— indicó tomando el anillo que guardó en su puño.
—En esta casa de empeño nos comprometemos a cuidar de piezas cómo estas, sobre todo sabiendo quién es usted, así que necesitamos datos para enviar las copias de los documentos que firmaremos —resaltó el encargado. —Necesitaré que me brinde esos datos.
—¿No importa si es en otra ciudad?
—Por supuesto que no —contestó tranquilo.
El sujeto accedió, llenó los documentos con los detalles, para luego entregar el bolígrafo.
Ya había usado el apellido antes. Podía hacerlo de nuevo. Él tomó la única posibilidad de conservar su dignidad al menos, eso era lo menos que se merecía. Escribió el apellido de casada y la dirección que recordaba, antes de tomar el dinero y salir del lugar con el dinero que guardó en su bolsillo.
—¿Por qué no dejaste el anillo? —Win se había quedado con la duda luego de verla guardar la joya.
—Porque lo venderé en Berkshire, iremos por algunas cosas que tengo ahí y una maleta para cargar dinero que no sea este bolsillo. —si valía tanto como dijo el sujeto, sabía quién podría comprarlo.
Debía viajar a la ciudad donde vivió tantos años, esperaba no encontrarse con ninguno. La odiaban tanto por lo que hizo, que no dudaban que la entregaran a Lorcan.