Claudio Marccetti. Llevaba años entregado al servicio de Dios; ahora tenía una vida tranquila, entregada al servicio de los más necesitados. Su único contacto con el pasado era su amigo de toda la vida, Nelson, quien lo mantenía informado sobre sus tres hijos: Enzo, Paolo y Emiliano.
—Hermano, necesito verte. Tengo algo muy importante que decirte —escuchó Claudio al otro lado del teléfono.
—¿Qué pasa, Nelson? ¿Sucede algo con los chicos?
—Necesito que vengas a la ciudad. No puedo quedarme mucho tiempo.
—Está bien, mañana estaré ahí, puntual.
Claudio colgó la llamada sintiendo una fuerte presión en el pecho. Habían pasado diez años y era la primera vez que escuchaba a Nelson hablar en un tono tan preocupante.
El sacerdote mayor lo observó sin interrumpirlo. Sabía que Claudio desempeñaba bien su cargo, pero también sabía que no era su vocación. Aun así lo ayudó y lo aceptó. Al verlo preocupado, con sus pasos lentos y pesados por los años, se acercó a él muy sigilosamente.
—¿Qué sucede, hijo? Te veo preocupado.
Claudio se giró y lo miró, tratando de ocultar su inquietud.
—Padre Ricardo.
—Hijo, nunca te despediste del mundo exterior, aunque digas lo contrario. Vives espiritualmente en él.
—Mis hijos, padre. Algo sucede con ellos.
—Ve, hijo. Ve, y si está en tus manos solucionarlo, hazlo —respondió Ricardo con toda la comprensión del mundo.
Claudio fue a su habitación y preparó lo más necesario. Luego fue al cuarto de oraciones y estuvo ahí, hincado de rodillas.
—Padre, tú que todo lo ves y lo sabes, sabes de mi dilema interno. Perdóname. Perdóname por ser un mal servidor tuyo. Estoy dividido entre mi vocación y mi paternidad, y puede más la segunda. Ayúdame, por favor; ayuda a mis hijos... No me abandones nunca, padre. No los abandones a ellos. Te lo pido en nombre de tu hijo, nuestro señor. Amén.
Claudio se santiguó, hizo reverencia y salió de ahí para ir a su habitación.
La noche era larga. Claudio daba vueltas en la cama. En su mente retumbaban las palabras de Nelson. Las horas pasaban y el amanecer llegó. Claudio fue al baño, se duchó y cambió sus sotanas, y fue al cuarto de oraciones como lo hacía desde que entró al sacerdocio.
Una hora después estaba con el padre Ricardo.
—Hijo mío, espero que todo esté bien con tus hijos. Regresa con bien.
—Amén, padre. Pronto estaré de regreso.
Claudio se despidió del padre Ricardo, subió al auto y salió con dirección a la ciudad.
Todo el trayecto sus pensamientos fueron un caos; no sabía nada más que tener que reunirse con Nelson. Mil y un escenarios se desglosaban en su mente. Una hora después llegaba al hotel donde Nelson lo esperaba.
—Buenos días, padre. El señor Nelson lo espera en el restaurante —dijo el botones cuando lo recibió.
Claudio entregó las llaves y fue al lugar indicado.
Nelson lo vio llegar, se puso de pie y lo recibió.
—Mi hermano, cuánto tiempo.
—¿Qué sucede, Nelson? Esta vez no recibo correspondencia, sino que te diste el tiempo de venir hasta aquí.
Nelson lo miró fijamente, no sabía cómo empezar.
—Claudio...
—Sin rodeos, Nelson.
—Emiliano...
—¿Qué sucede con Emiliano?
—Lo que escuché decir... es...
—Por favor, Nelson.
—Emiliano descubrió una carta.
—¿Qué carta?
—No lo sé exactamente. Lo único que sé es que Adrianna contó la verdad y ahora saben su origen —dijo Nelson.
Claudio sintió que el alma se le salía del cuerpo. Su mundo se oscureció, cerró los ojos y empuñó las manos tan fuerte que sus nudillos se tornaron blancos.
—Dime que es una pesadilla. Un mal sueño, Nelson.
—Qué más quisiera que decirte que lo es. Pero no.
Claudio salió sin decir una palabra más. Todo lo que había pasado años atrás, todo lo que había sacrificado por mantenerse lejos de sus tres hijos, había sido en vano. Y ahora uno de ellos sabía esa oscura verdad.
Claudio caminó sin rumbo fijo. No podía procesar la idea de que el más pequeño de sus hijos supiera el origen de su vida.
—Dios mío, ilumina mi camino. Guía mis palabras para poder enfrentar a mi hijo.
Claudio sentía que el pecho le ardía. La herida que creyó cerrada estaba nuevamente abierta y sangrando. Caminaba cuando de pronto sintió que algo frío caía sobre él.
—Perdón, padre, no lo vi venir —dijo la joven que había chocado contra él, tratando de limpiar su sotana.
—Tranquila, hija, no es tu culpa. Yo estaba distraído.
—Padre, vamos, tiene que cambiarse, no puede quedar así.
—Tranquila, hija, yo... —dijo, mirando que el hotel donde había dejado el auto con su equipaje estaba a muchas cuadras de ahí.
—Vamos, padre, debe cambiar su ropa —insistió la joven.
Claudio, aturdido por la noticia que acababa de recibir, aceptó la petición de la muchacha. Entró a la tienda de ropa y se cambió. Con un traje a medida, se miró frente al espejo y vio a un hombre diferente. Miró sus cabellos, tocó su rostro reflejado en el espejo, y a su mente llegó ese Claudio que vivió lo que no merecía vivir. Se miró a los ojos por primera vez en muchos años, se vio de frente y encontró esa mirada limpia de culpa, limpia de ese oscuro pasado. Ahora veía claridad, a pesar del temor que lo invadía por la noticia que había recibido.
Sintió una extraña sensación al verse vestido diferente. Hacía años que no vestía de traje.
Afuera, la vendedora miró a la joven y sonrieron.
—El padrecito es muy guapo. Reza a cada momento para ir a confesarme, y justo ahora voy a confesarme por este pecado —susurró una de ellas.
Claudio salió del vestidor sin saber cómo definir el sentimiento que tenía en ese momento. La vendedora tomó la sotana y caminó al mostrador.
—Lo enviaré a la tintorería. Lo llevaré a la parroquia cuando esté listo.
—No... yo lo llevaré. Yo manché la ropa del padre —dijo la jovencita, mirando con deleite a Claudio.
Ese gesto insinuante no pasó desapercibido para él.
—Muchas gracias por preocuparse por mi ropa, pero yo me haré cargo de ella. Cobre lo del traje y empaque mi sotana, por favor —habló él con tono serio.
Momentos después de que la vendedora arreglara las prendas en una bolsa, Claudio salió de la tienda, caminó unos pasos y, de pronto y sin previo aviso, se vio en el suelo, con una mujer encima de él.
En el choque contra el piso, sus labios se unieron. Claudio, por un momento, no supo cómo reaccionar; cerró los ojos sintiendo una extraña sensación. Sentir la cercanía de un rostro sobre el suyo, sentir el aliento mezclarse con el suyo, lo hizo sentirse "vivo" por un instante. Al percatarse de lo que estaba sintiendo, parpadeó y se giró para levantarse, quedando encima de ella. Claudio se encontró con la mirada de aquella mujer que lo hizo estremecer por un momento.
—Bella... —pensó.
—No. No es posible. No puedo tener esos pensamientos. Por lo visto, hoy no es mi día —se dijo mentalmente.
—¡Joder! —escuchó a la joven renegar.
Claudio parpadeó y volvió a mirarla a los ojos, y su mirada recorrió sus labios entreabiertos. Se puso de pie y extendió su mano para ayudarla a levantarse.
—Lo siento mucho, no fue mi intención —dijo, tratando de negar esa sensación y de no darle importancia.
—Claro, estás distraído y no miras por dónde vas —dijo ella, mirándolo fijamente. Él, sin responder, la vio sonreír con ironía.
—Es mi culpa, es verdad, estaba distraído.
—¿Ves? Ahora, por tu culpa, perdí a ese ladrón.
—Te salvé de cometer una locura.
—No, lo salvaste de la paliza que le daría.
El intercambio de palabras con aquella joven había sido un calmante para su ansiedad.
—Es muy peligroso lo que pretendías hacer, muchacha.
—En esa bolsa iban mis ahorros. Ahora no tengo nada —discutió ella.
—Tranquila, yo las puedo ayudar —ofreció con amabilidad.
—No acepto ayuda de desconocidos —se negó ella, mirando en la dirección por donde el ladrón se había ido.
—Soy Claudio... Soy un sa... —sus palabras fueron interrumpidas.
—No, gracias, me las arreglaré sola. Vamos, Elo. —Y las vio alejarse.
Miró al cielo y cerró los ojos.
—Padre, protege a esas chicas, por favor. No las desampares —lanzó una plegaria y siguió su camino de regreso al hotel donde estaba el auto.
Claudio nuevamente sentía una presión en el pecho. Todo lo que tanto había temido por mucho tiempo estaba frente a él, pasando en cámara lenta.
Llegó al hotel, pagó y recibió su auto, subió y manejó de regreso al pueblo.
Todo el trayecto se imaginó una y mil formas de cómo sería hablar con su hijo, o tal vez con los tres.
Apretó el volante tan fuerte como los dientes.
—Padre, tú sabes la aflicción de mi corazón. Una vez más, te pido que guíes mi camino, mis palabras, cuando esté frente a mis hijos.
Sin darse cuenta, estaba frente a la parroquia. Frenó y se quedó ahí, procesando todo lo que había vivido ese día.
Suspiró hondo, tomó sus pertenencias y bajó del auto, caminó sin mirar a nadie, mientras el padre Ricardo lo miraba desde un lado de la iglesia. Lo siguió con la mirada y pudo ver la angustia que su rostro reflejaba.
Claudio entró a su habitación y se lanzó sobre su cama. Las lágrimas rodaban por sus sienes.
—Dios... ¿será que jamás voy a librarme de este destino? ¿Qué mal hice antes... para seguir pagando? Ya levanta esta penitencia, por favor. Te lo pido. Te lo suplico —imploró, hincado de rodillas, uniendo su rostro mojado por las lágrimas entre sus manos.
El sacerdote mayor se acercó con intención de hablar, pero al escucharlo se detuvo.
—Hijo mío, tu prueba aún no termina. Sabía que este momento llegaría —habló el padre Ricardo. Se dio vuelta y salió, dejando a Claudio poner en orden sus ideas.
Claudio se levantó, secó su rostro y, después de un largo baño, vistió nuevamente sus sotanas. Salió y fue a orar al salón del credo.
Claudio pasó la noche entera en el salón de oración. Su tranquilo mundo se había convertido en un caos total en cuestión de tiempo: la revelación de la verdad, y el encuentro con aquella mujer que por un momento puso en duda su decisión de ser un hombre religioso.
—Señor, he pecado, estoy pecando de pensamiento. Por favor, eso no. Ese tipo de pruebas no.
Las horas pasaron y el amanecer llegó. Claudio se puso de pie, hizo reverencia frente al altar y salió para ir a su habitación. La hora de llegar al orfanato se acercaba y tenía que estar ahí para cuando llegara la hora del desayuno.
Una hora después de ducharse, vestirse y santiguarse, salió de la parroquia y fue al orfanato.
Todo el recorrido fue lanzar plegarias para no pensar en ese roce de labios con aquella joven. Apretó el volante al darse cuenta de que ese recuerdo perturbaba su paz y tranquilidad.
Llegó al orfanato y fue recibido por la directora.
—Padre, puntual como cada día. Solo ayer faltó; los niños lo extrañaron.
—Ya estoy aquí. Puntual para desayunar esos ricos pasteles de doña Olga.
Claudio y doña Dorotea pasaron al comedor cuando escucharon frenar la camioneta de doña Olga.
Doña Dorotea salió seguida por Claudio, caminó por los pasillos y de pronto vio venir unas cajas sobre él. Claudio trató de sostenerla para que no cayera al suelo, sin imaginar que, al momento de quitar las primeras cajas, ese rostro que no salía de su mente estaba frente a él nuevamente.
—¿Un sacerdote? No puede ser —escuchó esa voz que reconoció al instante. La miró y vio sus ojos abiertos como platos por la sorpresa. Él la recorrió con la mirada, sorprendido.
«¿Qué está haciendo aquí?», se preguntó mentalmente. No podía creer que aquella mujer estuviera frente a él por segunda vez.
Claudio sintió que el aire se le quedaba atrapado en los pulmones.
Era ella. La misma joven con la que había chocado el día anterior. La de los labios rozados por accidente… y ahora estaba allí, en el orfanato, sosteniendo unas cajas de pasteles, como si el destino se burlara de él sin pudor alguno.