Recordó que solo serian unas cuantas semanas, la ausencia se llegaba a cernir en su pecho con facilidad, solitaria, nunca dejo de acudir a las visitas que realizaba para ver si algo mejoraba. Su esperanza difícil de apagar se reflejaba en la sonrisa rota que le regalaba a la enfermera cuando le informaba otra agresión por parte de Harry hacia alguien del personal médico. Solo era un cuadro depresivo, quizás algo lo estaba molestando. Eso era lo que el doctor tenía para decirle. Una temporada paso, y su cielo se vino abajo en el momento preciso que el rizado casi la ataca por querer tomar su mano entre las de ella. Después de aquello comenzó a notar la ausencia de su pareja, la espera desquebrajaba su corazón, las noches desoladas. Lo que tenían que ser unas cuantas semanas, se convirtió en meses, absolutamente nadie ni nada le brindaban respuestas a la chica. Ya no habían monosílabos simulando ser respuestas, tampoco rasguños a sus manos, solo algo de lo que alguien solía ser.
Ojos verdes lo miraron perdidos, algo desorientados. El labio inferior de Leire quedo atrapado entre sus dientes, reprimiendo el sollozo que comenzaba a nacer en su garganta. El silencio lo dejaba sordo, demasiado para su quebradiza alma.
El doctor le tenía prohibido tocar al muchacho, incluso acercársele demasiado. Como excusa para esto le prometieron que no querían alejarlo de su pareja, que solo era una medida de seguridad, tanto para ella misma como para el de ojos verdes. Aun así, su mano añoraba tocar la del otro. Su alfa intentaba salir; ella trataba de no gritar desesperada. Aunque el llanto estaba atascado en su garganta como siempre, desde hace un mes se había prohibido a si misma llorar delante de Harry.acho, incluso acercársele demasiado. Como excusa para esto le prometieron que no querían alejarlo de su pareja, que solo era una medida de seguridad, tanto para ella misma como para el de ojos verdes. Aun así, su mano añoraba tocar la del otro. Su alfa intentaba salir; ella trataba de no gritar desesperada. Aunque el llanto estaba atascado en su garganta como siempre, desde hace un mes se había prohibido a si misma llorar delante de Harry.
Por su mente paso rápidamente su último ataque de pánico, ese que dejo una terrible consecuencia. Harry había reaccionado a ella. Quizás alguien más podría describirlo como un logro, pero no lo era para Leire. No cuando aquello calo tanto en su enferma pareja hasta hacer que esta se lastimara a sí misma en un vago y desgarrador intento de calmarle. El recuerdo fresco lo detenía de llorar, ella soporto suficiente como para retener el dolor en su corazón y el escozor que heria sus ojos.
"" Murmuro por lo bajo ella.
Una mota de nostalgia se escapo de sus labios cuando pronuncio el doloroso y atormentando llamado. Aunque en su mente era un grito de ayuda, en su alma no era más que el sonido impreso de la adoración y aflicción de un amor resguardado en capas de olvido.
Cada palabra del doctor calaba en su mente como un veredicto sentenciado por un juez.
«Es muy inestable tanto para él como para quienes lo rodean...»
Inestable, su alma se deterioraba en su pecho. Quizás Harry tan solo necesitaba paciencia, aun así, ningún doctor le brindaba la ayuda correcta, solo lograban distanciarlo de la realidad. Con el pasar de los siguientes meses prometieron nuevos medicamentos, aunque cumplieron con ello no había mejora. Cada día corría detrás de su hermano, cuando el impulso de llevarlo a casa se desato en el pecho de Leire no hicieron más que frenarla diciendo que su alfa no era capaz de reconocerse ni a sí mismo. Y aunque trataron de romper su esperanza, nunca dejo de pasar por su mente que, aunque el de orbes verdes se olvidara de lo que era, ella podría recordárselo a diario. Aunque su alma se rompiera cuando mencionaron que Leire solo formaba punto y aparte para Harry, no eres más su alfa.
Tantas palabras, que cuando el día llegaba a su fin su alma se vaciaba, su paso era cansado y su semblante se notaba destruido. El amor es una cárcel en la cual te sientes prospero, o así lo describía el artículo publicado por ella misma el trimestre después de que internaron a su esposo. La devoción de su amor lo mantenía unido a un alma que parecía aborrecer su mera presencia. ¿Amor o m********o? ¿deuda o favor?
El silencio de los presentes sin duda alguna no alcanzaba para llenar el lugar, el mutismo impreso en todo el cuarto regia por encima de todo sonido que no fuese las respiraciones pausadas de los presentes. Los cuatro hijos de la matriarca muerta se mantenían serenos, cuando a la vez en su pecho un montón de emociones aplastantes dificultaban su respiración y volvían todo un poco más intoxicante y triste. Sin duda cuando su madre había muerto no podían describirlo como una sorpresa ya que estaban seguros que tarde o temprano sucedería. Más la muerte se había posado en su familia como una sombra perpetua y triste, el dolor en sus corazones a penas y había logrado mermar un poco luego de los días que habían transcurrido después del entierro.
Los cuatro estaban sentados alrededor de la mesa color caoba de la sala de juntas del despacho del abogado que su madre había contratado hacia años atrás. Al parecer ella estaba segura de que muerte era una inminencia que no podían detener o posponer algunos años más, ya que tres semanas antes de que se diera el trágico suceso ella había mandado a preparar el documento donde notificaba a quienes dejaría cada una de las escasas propiedades y pertenencias que tenía. Más todos los presentes con corazones desinteresados llevaba su pena a cabo, ninguno quería asistir a tal reunión, la perdida hondeando en su memoria y sentimientos siquiera los dejaba descansar correctamente en las noches y las lagrimas no dejaban de derramarse noche tras noche luego de la noticia que con un matiz oscuro los habían obligado a afrontar, más allá de todo eso, el padre de Aria miraba con profundo desinterés los bordes de la mesa.