Evren Llevaba exactamente una semana desde la fiesta de Valeria. Siete días que me sabían a miel y veneno al mismo tiempo. Cada noche cerraba los ojos y revivía ese baile, ese anillo de juguete en su dedo, su sonrisa. Pero cada mañana abría los ojos con una sensación en el pecho que no podía quitarme: algo no estaba bien. Lo supe con certeza cuando el timbre sonó. Fui a la puerta sin pensarlo demasiado, aún medio dormido, en pantalón de chándal y camiseta. Abrí. Y ahí estaba ella. Amarys. Parada como si tuviera todo el derecho del mundo de estar ahí. —Hola, amor —dijo con esa voz suya que antes sonaba juguetona y ahora se me clavaba en los oídos como una alarma. Llevaba un vestido color vino, demasiado elegante para una visita inesperada. En las manos tenía una caja pequeña, envuelta

