Sebastián. Y ese round lo ganó el miedo. —Yo... lo siento, —balbuceé, apartándome ligeramente. —No quería despertarte. Renata se incorporó, frotándose los ojos. —No, está bien —dijo, con una pequeña sonrisa formándose en sus labios. —Es solo que... por un momento pensé que estaba soñando. Su mirada se clavó en la mía, intensa y expectante. Podía sentir la tensión creciendo entre nosotros, el aire cargado de promesas no dichas y deseos reprimidos. —Renata, yo... —comencé, mi voz quebrándose. ¿Cómo explicarle que la deseaba con cada fibra de mi ser, pero que el miedo me consumía? Me senté al borde de la cama, respirando hondo. Necesitaba alejarme, despejarme, pensar. —Lo siento… debo ver cómo están las niñas. Me levanté, tomé las muletas, y como pude, me moví con ellas y me fui has

