Se acuesta, pero no puede dormir, sabe que amanecerá con sueño, pero, por más que lo intenta, no puede, le duele la cabeza y tiene un incipiente romadizo y una molesta tos. Lo peor es que no tiene ninguna pastilla para aliviar sus molestias y teme preguntar si hay en ese lugar. Aburrida de dar vueltas en la cama como un trompo, sale del dormitorio arropada en el edredón, tiene frío a pesar de que la calefacción abriga todo el lugar, y se encuentra a Esteban Arriagada dormido, otra vez, en el sofá. Hombres. ―Señor Arriagada, ¿usted cree que está bien dormir ahí en el sofá? ―lo reprende con ternura. Esteban abre los ojos de inmediato, al parecer no estaba dormido. ―No puedo dormir, ¿y usted?, ¿no se supone que debiera estar durmiendo? ―Sí, eso se supone, pero tampoco puedo dormir. ―¿

