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1461 Palabras

Pierce Brielle me tenía embelesado. No podría describir de otra manera el estado cautivo en que tenía mi atención, en todo momento, pero sobre todo mientras paseaba por mi oficina detallando todo con expresión curiosa. Aún llevaba puesta mi camisa blanca que hacía resaltar su piel suave sutilmente bronceada, su largo y sedoso cabello tan oscuro como el carbón se encontraba suelto en ondas alborotadas que llegaban a su cintura, y su rostro pulcro que no necesitaba nada para resaltar con los zafiros que tenía por iris. Sería la musa perfecta para cualquier poeta atormentado. No me gustaban las personas invadiendo mi espacio, sobre todo esa oficina. Pero, tras desayunar, personalmente le mostré aquél lugar y dejé que lo explorara sin restricciones. Así podría conservar su presencia para mí

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