El mundo a mi alrededor se desvanecía en un abismo oscuro y profundo. Los ecos lejanos de voces, el murmullo del viento, todo se mezclaba en una niebla impenetrable. Mi cuerpo estaba atrapado en un estado de letargo, incapaz de moverse o reaccionar. Era como si estuviera flotando en un mar infinito de sombras, sin rumbo ni escape. Apenas podía recordar lo que había sucedido antes de caer en este estado; solo un dolor agudo en el pecho, la sensación de asfixia que me había arrastrado hacia este abismo. De repente, una voz me llamó desde las profundidades. Era grave, llena de resentimiento, pero también de una intensidad que cortaba la oscuridad como un cuchillo. Poco a poco, empecé a recuperar la conciencia, mi mente aferrándose a esa voz como una cuerda lanzada en medio de una tormenta.

