En el oscuro y sofocante ambiente de las minas, el aire se volvía cada vez más denso con el polvo y el sudor de los que trabajaban incansablemente. Las paredes de piedra parecían cerrarse cada vez más, como si el mundo mismo quisiera asfixiar a los desafortunados que eran forzados a extraer minerales de sus entrañas. Angela, con sus muñecas ensangrentadas por las cadenas que la sujetaban, sentía cómo la desesperanza la consumía lentamente. Cada golpe de pico resonaba en su cabeza como un recordatorio cruel de su nueva realidad. Las miradas de desprecio y burla no tardaron en llegar. Los licántropos que trabajaban junto a ella no perdían oportunidad para recordarle su condición de prisionera. —Mírala, la princesa vampira —escupió uno de ellos, una sonrisa maliciosa en sus labios—. ¡Qué ir

