El eco de mis propios pasos retumbaba en los pasillos oscuros del castillo mientras me dirigía a la celda de Ángela. Cada paso pesaba como una carga insoportable sobre mis hombros. La culpa, el arrepentimiento, me devoraban por dentro. Había sido un idiota, cegado por el odio y la venganza. No había querido ver la verdad, y ahora, sabía que el daño que le había hecho a Ángela no tenía vuelta atrás. Max ya me lo había dicho: ella se negó a salir. Se negó a aceptar la libertad que le ofrecí, porque yo la había traicionado de la peor manera posible. Mi corazón latía con fuerza mientras descendía por las escaleras hacia las mazmorras, preguntándome si alguna vez podría hacer las paces con lo que había hecho. ¿Sería demasiado tarde? Frente a la puerta de la celda, sentí que mis piernas flaque

