Seguimos recorriendo la casa y pude ver que arriba había cuatro habitaciones enormes con baños. Era como una mansión de granja y me encantó. Pero aquí venía el detalle más importante. A pesar de que tenía dinero, no sabía si me alcanzaría. Entonces pregunté sobre el valor. Ella me dijo: "Sí, la quiero", comenté, emocionada, al darme cuenta de que valía la mitad del dinero que tenía ahorrado durante todo este tiempo, dinero que nunca había querido tocar porque no me parecía necesario y además tenía ropa suficiente. Después de hacer los papeleos, incluyendo escrituras de la casa, pagué a la mujer. Ella sonrió y dijo: "¿Me darías unos tres días para poder mudarme y todo?", pregunté. "Claro, aunque tú no tienes a dónde ir", respondí. Yo: "Eres muy amable. Gracias, Ana", le agradecí sincer

