Quedé impávida con lo que había dicho y cómo me lo había dicho, sentí sus labios rozar mi oreja, una corriente estremeció todo mi cuerpo. —Qué pasó, ¿te asustaste? —No, no, no tengo nada que opinar. Dirigió su mano a mi brazo y volvió a hablar. —No te gustaría a ayudarme con mi fantasía—su dedo subiendo y bajando por mi brazo hizo que se erizara mi piel. —Yo, yo no sé qué decir —tenía que ser sincera. —Puedes aceptar. Es hora de que cierres el local — vi la hora y tenía razón. Simplemente asentí. La vi caminar hasta la puerta, girar el papel que decía abierto a cerrado y colocar seguro. Llegó a mí y entró hasta mi puesto de trabajo. —Ayer que te vi, no pude parar de pensar en hacerte mía. Confieso que me masturbe pensando en tu cuerpo —no podía creer lo que escuchaba. Su aparienc

