Hablar sobre la intimidad en pareja era algo que no se acostumbraba hacer en esos ayeres, aunque se tratara de un matrimonio ya de años. Las mujeres se ruborizaban de solo pensar en tocar el tema, y los hombres hacían oídos sordos para no demostrar que también les avergonzaba. Esa tarde se convirtió en noche confesándonos lo que antes jamás hice; ni siquiera con el atrevido de Joselito. Tampoco fue que nos diéramos grandes detalles, esos vendrían ya con la práctica y una confianza más sólida. Ver cómo a él se le formaba la sonrisa en la cara, cómo el rubor le recorría las mejillas, como se tocaba la frente y hacía pausas para responder me fascinó. La edad no le robó su candor característico. El término de la cuarentena de Esmeralda hizo más sencillo que Esteban y yo nos viéramos. Los ma

