Bella.
El mostrador está vacío.
Ni un papel, ni un sobre, ni siquiera una flor marchita.
Bella revisa todo dos veces. Pregunta. Finge calma. Pero por dentro, algo se le desmorona.
Han pasado veinticuatro días seguidos. Veinticuatro mañanas que comenzaban con un ramo de flores sin nombre. Veinticuatro razones que le hacían sonreír, aunque su madre le gritara, aunque su hermana la humillara, aunque su reflejo la hiciera llorar.
Hoy... nada.
Camina a su rincón en la biblioteca, pero no puede concentrarse. La tristeza le arde en el pecho. Se le acumula en la garganta. Siente las lágrimas presionándole los ojos, pero se niega a llorar frente a los demás. Se muerde las uñas hasta hacerse daño. Se pregunta si hizo algo mal. Si dijo algo. Si alguien descubrió lo mucho que le gustaban esos ramos.
Las noches desde que el ramo no está llegan con una pesadez insoportable.
Y en medio de esa tristeza, recuerda el parque. Aquel día que se sintió apagada... justo antes de que todo comenzara.
Sale del trabajo sin avisar. Camina hasta ese mismo banco. Se sienta. Espera. Busca.
Pero no hay auto n***o. No hay mirada intensa escondida tras los vidrios polarizados.
Solo niños gritando y padres distraídos.
Así pasan varios días. Una semana.
Hasta que, finalmente, una compañera de la biblioteca se acerca corriendo con una sonrisa.
— ¡Señorita Bella! Esto es para usted. ¡Volvieron! — Bella apenas puede contener la emoción. Sus ojos brillan con una mezcla de alivio y ternura. Aprieta el ramo contra su pecho. Y lo entiende. Tiene que ir. Debe hacerlo.
Esa tarde regresa al parque. Camina más decidida que nunca. Sabe que no es casualidad. Sabe que él, quien quiera que sea, la ve.
Y entonces, lo ve a lo lejos.
El auto está ahí. Oscuro. Inmóvil. Inevitable.
Siente que el corazón se le va a salir del pecho, pero no se detiene. Avanza. Llega a la ventanilla del conductor y sin pensar, golpea el vidrio con firmeza.
Dos toques secos. Directos. Sin permiso.
Dentro del auto, Magnus traga saliva. Mira a Mike por el retrovisor, quien arquea las cejas como diciendo: ¿Vas a bajarlo o qué carajo?
Magnus baja el vidrio lentamente.
Y entonces, sus miradas se encuentran.
Ella. Con sus ojos enormes, humedecidos por días de ansiedad.
Él. Con esa calma peligrosa que sólo los hombres poderosos saben mantener.
Nadie dice nada.
El silencio entre ellos lo dice todo.
Bella lo mira fijamente. Su pecho sube y baja, y su voz no titubea.
— Baja del auto. Ahora. — Odena Bella. Magnus parpadea, sorprendido. Mike hace un gesto de advertencia, pero él alza la mano para que no se meta. Abre la puerta lentamente, con ese aire de hombre que nunca obedece a nadie… pero que por alguna razón, a ella sí.
Cuando sus pies tocan el suelo, no tiene tiempo ni de acomodarse la chaqueta.
¡PAM!
La bofetada resuena en todo el parque. La mejilla de Magnus se gira por el impacto. El aire se le va del cuerpo, como si nadie lo hubiera tocado así nunca. Su espalda se tensa. Su mandíbula también.
Pero no dice nada.
Ella tiembla. Pero no de miedo. De dolor. De rabia.
— ¡No me mires así! — Le grita, con los ojos llenos de lágrimas. — ¿Dónde estabas? ¿Dónde carajo estabas? ¡Maldita sea, estaba preocupada! — Su voz se rompe. Se lleva las manos al rostro y llora. Se dobla un poco sobre sí misma, como si su pecho no soportara todo lo que sintió esos días. — No sabía si… si había pasado algo. No sabía nada. Pensé que… que era una broma. Que todo esto no significaba nada. — Magnus intenta hablar, pero ella sigue. — ¿Quién eres tú? ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué…? — Levanta la mirada con los ojos vidriosos. — ¿Y las flores? — Es todo lo que logra decir antes de que él la abrace.
La toma con firmeza, con fuerza, como si el mundo se pudiera ir al demonio y sólo ella importara.
Ella lucha unos segundos, dándole golpes suaves al pecho, pero luego se rinde. Se aferra a él como si se estuviera ahogando. Como si ese abrazo fuera lo único que pudiera salvarla.
Él la sostiene. La envuelve en su calor. Su perfume. Su respiración.
Cuando Bella está un poco más calmada, él le levanta el rostro con una mano. Con la otra, le aparta suavemente un mechón de pelo mojado por las lágrimas.
Sus ojos se encuentran.
Y entonces, sin pedir permiso, sin palabras… la besa.
Un beso lento. Tierno. Lleno de pausa, de contención.
Bella se queda quieta. Nunca ha besado a nadie. No sabe qué hacer. Sus labios tiemblan, pero no se aparta.
Le tiembla el alma.
Y sin querer, sin saber cómo, responde al beso.
Torpe.
Dulce.
Hermoso.
Sus labios aún tiemblan cuando se separan. El beso ha dejado un temblor en el aire, como si acabaran de abrir algo que no saben cómo cerrar.
Magnus la mira con una sonrisa leve, casi orgullosa. Le acaricia el rostro con el pulgar, lento, mientras la observa como si fuera lo más valiente que ha visto en su vida.
— Eres valiente. — Hace una pausa. — Eres valiente, gordita… Muy valiente, mi reina. — Le susurra, con voz grave, acariciándole la mejilla con una ternura inusual para alguien como él.
Bella no puede evitar sonreír entre lágrimas. Se ríe bajito, con una mezcla de vergüenza y alivio.
— No debí… ¿Cierto? — Magnus suelta una carcajada leve, nasal, como si la pregunta lo enterneciera aún más.
— Claro que no. — La mira fijamente. — Nunca nadie se acerca a un auto misterioso. Mucho menos para golpearlo. Pero tú… tú sí. — Y eso le encanta. Ella baja la mirada, tímida, pero él ya le toma la mano. — Vamos. — La lleva con él.
Bella no se resiste. Simplemente mueve los pies y entra al auto.
No pregunta a dónde van. No exige respuestas. Solo se deja guiar.
Por alguna razón… se siente segura.
Como si al entrar en ese vehículo, dejara atrás años de vacíos y silencios.
Como si él fuera un faro.
Un faro oscuro, imponente…
Pero un faro al fin.
Bella sube al auto con él. Sus pies dudan por un segundo en el umbral, pero luego se acomodan en el interior como si ese espacio oscuro y cerrado le ofreciera un refugio que su hogar jamás le dio.
Magnus apenas la observa de reojo antes de decir, firme:
— Llévanos a un lugar tranquilo, Mike. — Pero entonces siente la presión en su mano. Bella la ha apretado, suave, como si con ese gesto pudiera detenerlo.
Él gira el rostro, sorprendido. Sus miradas se cruzan. Bella no dice nada, solo niega lentamente con la cabeza. Sus ojos grandes, nerviosos, hablan más que mil palabras.
Magnus frunce el ceño, pero no insiste.
— Mike... bájate del auto. Espera en el otro lado de la calle. — Ordena sin apartar la vista de ella.
El hombre obedece sin rechistar.
Entonces, silencio.
Magnus se gira hacia ella, y sin decir palabra, la toma por la cintura. Bella contiene la respiración. Su cuerpo es suave, tenso, y él lo siente. La atrae hacia él con calma, con dominio. Hasta que ella queda sentada en sus piernas.
Bella está sonrojada, su pecho sube y baja con nerviosismo. Sus manos tiemblan levemente, pero no se aparta. Sus piernas, torpes, intentan acomodarse como pueden sobre las de él.
—¿Nunca has estado así con un hombre, verdad? — Pregunta en voz baja, más como una certeza que como una duda.
Bella baja la mirada, mordiéndose el labio. Niega con un gesto apenas visible.
Magnus sonríe. No con burla, sino con una fascinación profunda, instintiva.
Él es un hombre del mundo. Ha tenido todo lo que ha querido. Mujeres que se le entregaban sin reservas, sin alma. Pero Bella... Bella es otra cosa.
Y él lo entiende en ese instante: tenerla, verdaderamente tenerla, es un privilegio.
— Eres única. — Susurra cerca de su oído, con esa voz grave que la hace estremecer. — Una en millones. Y me perteneces desde que tocaste mi ventana. — Bella cierra los ojos. No sabe qué significa "pertenecer" en su mundo, pero por primera vez no siente miedo de entregarse.
*******
Bella está sentada en sus piernas, y el calor de su cuerpo parece quemarlo. Magnus mantiene sus manos en su cintura con una firmeza calculada, controlando cada impulso con una precisión que pocos podrían lograr.
La mira con intensidad. Su rostro a centímetros del suyo. Y aunque no la toca más de lo necesario, su mirada la devora.
Bella lo nota. Lo siente.
Y de pronto se estremece. No por miedo, sino por ese abismo interno que empieza a abrirse. Se muerde el labio, evita su mirada. Y entonces, de golpe, rompe la tensión:
— ¿Por qué dejaste de mandarme flores? — Magnus parpadea, apenas. La pregunta lo toma por sorpresa. Ella continúa, aún más bajito: — ¿Por qué regresaste? — Hay una honestidad temblorosa en sus palabras, y un dejo de reproche que la delata. Le importa. Más de lo que quisiera admitir.
Él solo sonríe, lento, con esa curva peligrosa que anuncia control, pero también ternura.
Lleva una mano a su rostro y le acomoda un mechón de cabello detrás de la oreja. Su dedo roza su piel, y ella cierra los ojos un segundo.
— Estuve ocupado. — Responde con voz baja, grave. — El trabajo... se complicó. Pasaron cosas imprevistas. No lo planeé. — Bella lo observa, dudosa. — No fue que me olvidé de ti. — Añade. — Solo... no estaba en mis manos. Pero volví, ¿No? — Ella no responde. Lo mira, como si intentara decidir si creerle o no. Si confiar. — Te extrañé. — Confiesa él, más bajo aún.
Y esa frase la desarma. Se le notan las ganas de llorar otra vez, pero no lo hace. Solo baja la mirada y asiente.
Luego, en un impulso nervioso, se aparta un poco de sus piernas y regresa a su sitio en el asiento, murmurando:
— Perdón... me senté sin pensar. — Magnus no se lo impide. Solo la observa en silencio.
— No te disculpes. — Dice al fin. — Me gusta cuando actúas por impulso, reina. Eso te hace diferente. — Ella le regala una sonrisa mínima, pero es real.