Bella salió temprano, fingiendo que iba al trabajo. Con el bolso en mano y una expresión seria, cruzó la puerta de la casa sin despertar sospechas. Su madre ni la miró. Si lo hubiera hecho, probablemente habría criticado el largo del pantalón —aunque fuera hasta los tobillos—, su cabello suelto, o incluso su perfume, diciendo que olía “muy llamativo para una empleada”. Pero Bella no iba a trabajar. Llegó al trabajo, sí, pero fue directo al baño con su amiga y cómplice. Allí, en ese pequeño espacio, se transformó. Se quitó la ropa “de batalla” y sacó con cuidado el conjunto que había guardado en una bolsa de papel: el short de lino beige que nunca se atrevería a usar frente a su madre —porque su madre detestaba esas piernas suyas que no eran de revista, sino de mujer real—, la blusa blanc

