El despacho huele a cuero, a roble viejo y a decisiones importantes. Giancarlo Rossi sirve dos vasos de whisky y se acerca a su amigo de toda la vida, Ernesto Fontana. El reloj marca las 11:00 a.m. Un día soleado afuera, pero dentro de la oficina el aire es tenso, medido, silencioso. — Ernesto, sabes que te respeto. Hemos compartido negocios, confidencias, años. Y por eso quiero hablarte con franqueza. — Le ofrece el vaso. Ernesto asiente con una ceja alzada, curioso. — Mi hijo, Magnus… está haciendo bien las cosas con la empresa. Pero lo conozco. Sé cómo es. Si no lo amarro ahora, va a perder el rumbo. Lo está rozando ya. — Eso no suena a Magnus. Siempre ha sido determinado, frío, como tú. — Giancarlo asintiendo con una media sonrisa. — Lo es. Pero también es joven. Y los jóvenes... se

