Damien iba al volante, como siempre, con las manos firmes en el volante, la mirada fija al frente y el ceño fruncido de fábrica. El motor de la combi ronroneaba a buen ritmo mientras dejaban atrás la costa, y Harper lo miraba desde el asiento trasero como si observarlo le diera alguna respuesta existencial. Luca, a su lado, llevaba una bolsa gigante de frituras que no dejaba de sonar cada vez que sacaba una. Tenía los pies descalzos sobre el tablero, las gafas puestas y una playlist absurda sonando en el estéreo. —Entonces, jefe del camino… ¿rumbo al burrito gigante? —preguntó Luca, dándole una palmadita en el hombro a Damien. Damien gruñó. —No me toques cuando manejo. —Ah, estás de malas porque te ganaron en la carrera de las olas, ¿verdad? —bromeó Harper, asomándose por el espacio e

