Salimos del templo cubiertos de polvo, arena, traumas emocionales y olor a ruina. Luca tenía la linterna en la boca, Damien apretaba los puños, y yo… bueno, yo seguía indignada porque no había ni un solo escarabajo de oro. Ni uno. El sol caía en el horizonte. Javier, el camello, nos esperaba con cara de “¿ven? les dije que no fueran”. Y entonces… lo vimos. Tres camionetas negras. Arena levantada. Y un grupo de hombres armados, vestidos con ropa táctica, lentes oscuros y esa cara de “te jodiste”. En medio de ellos… una mujer. Alta. Piel dorada. Pelo trenzado. Una de las capitanas del Pastor. Nos apuntaron sin decir palabra. —Ah, no. Otra vez no. —susurré mientras levantaba las manos. Damien se adelantó. —¿Qué quieren? Ella sonrió con un acento que me daba ganas de golpearla

