No sé cómo diablos terminé aquí arriba. En serio. Todo empezó con una caminata inocente por el carnaval costero, muchos colores, demasiada música, niños gritando, algodón de azúcar por todos lados… y Luca desapareciendo con una rubia despampanante rumbo a la rueda de la fortuna. —¡Nos vemos en la cima! —gritó desde otra cabina, lanzándonos un guiño estúpido. Y ahí estaba yo. En la cabina contigua. Sola con Damien. —¿No tenías otra opción, verdad? —le pregunté mientras subíamos. —Había una —dijo sin mirarme— pero preferí esta. La rubia gritona me dio migraña con solo verla. Y entonces… el universo decidió reírse de mí. ¡ZAZ! Una sacudida. Un crujido. Y la rueda se detuvo. En la cima. A medio giro. Con vista al mar, las luces del carnaval titilando abajo, y Damien sentado justo frente

