–No iremos a buscar a Adriano, no importa si no me cree –decreté una vez más, dando enormes zancadas. –Abi, fue idea tuya que yo le contara la verdad. –Lo sé, y me arrepiento. Ramnusia caminaba detrás mío, atravesando el bosque. La noche era clara, las estrellas brillaban hermosas en el cielo, y el rocío había mojado la hierba. Podía verse algún que otro meteorito cruzando el cielo, con su bella estela detrás surcando la noche. Un escenario digno de ser contemplado junto con Adriano, por ejemplo, si la ocasión fuera otra. –Detente. Escúchame. Es una decisión suya. Me detuve, pero no volteé a verla. –No puedes dejarlo allí –continuó–. Creerá que es todo un invento, que lo estuviste engañando. –No quiero ponerlo en riesgo. Es una locura; estábamos haciendo esto, en primer lugar, para

