―¿Drake? —repetí el nombre—. ¿Es Drake? ―Sí, Kay —afirmó de nuevo—. Él es la persona que te busca entre las sombras. No podía respirar. Sentía la garganta oprimida y las manos me sudaban. Estaba en shock. Alucinaba por dentro, pensando en cómo la persona que creí me amaba me hacía algo como eso, sin el menor pudor o tristeza por el daño, tanto físico como emocional, que provocaba en mí. El que me acosara, que me pidiera buscarlo, que me atormentara, lo convertía en una persona completamente diferente de la que me enamoré. Ese no era Drake. El hombre que conocí en vida me cuidaba, protegía, quería mi bienestar, no me asustaba en las noches ni me atormentaba. Fue un cambio radical; uno que no logré asimilar en los minutos que Giselle me otorgó. ―No puede ser él. ―Lo siento mucho, Kay. —

