―¿Salimos de la mansión para que te desmayaras y buscaras un vestido antiguo? —Claro que no —repliqué con las manos en la cintura—. Es diferente. Stella enarcó una ceja y cruzó los brazos. —¿Por qué lo es? —indagó. Stella no podía olvidar lo sucedido en el centro comercial. Me tocó el cuello alrededor de cinco veces en el camino de regreso. Estaba histérica. No asimilaba que fue un simple desmayo, que detrás escondía algo aún más terrorífico. Dudé en contarle. Nada de lo que sucedía debía ser reprimido. Estaba de nuevo atada de manos y pies a un destino desconocido. No contaba con el apoyo ni los consejos de Giselle, así como tampoco estaba a mi lado para guiarme. Lo poco que sabía era por instinto, no porque conociera lo que sucedía en ese momento. Si me aterró presentarme al demonio

