Fue en un baile donde lo vi por primera vez.
El ambiente era colorido, saturado de luces y risas, la música animada, casi insolente, completamente indiferente a mi estado de ánimo. Yo, en cambio, había puesto en esa noche más cuidado del habitual. Me tomé mi tiempo para arreglarme: definí cada rizo de mi cabello con paciencia, elegí un maquillaje sutil pero lo suficientemente llamativo como para sentirme bonita, y me puse una ropa que resaltaba las curvas de un cuerpo que aún estaba en pleno descubrimiento. En mi mente, ese conjunto —sumado a una personalidad alegre que había ensayado frente al espejo— sería motivo suficiente para que algún grupo de chicos guapos se acercara.
Pero la realidad fue otra.
Pasaron casi dos horas y yo seguía sentada, observando cómo los demás se mecían al ritmo de la música, cómo se tocaban, se reían, se sostenían con naturalidad. Yo solo podía imaginar lo que se sentiría ser la chica a la que alguien toma firmemente de la cintura mientras gira, la que sonríe al cruzar miradas sin miedo, sin vergüenza, sin límites. Pero imaginar era todo lo que podía hacer.
Porque, para mi desgracia, cada chico que se acercaba lo hacía solo para regalarme una sonrisa incómoda, una mirada rápida… y luego bajar los ojos hacia mi pie, completamente enyesado, extendido torpemente sobre otra silla.
Sí. A mis tíos les había parecido una gran idea traerme a una fiesta para distraerme un poco de la soledad de mi habitación. Para ellos, era un gesto de cariño. Para mí, una crueldad involuntaria. Porque a los 17 años, lo peor que podía estar pasando en mi vida estaba ocurriendo justo entonces: vivir en una ciudad extraña, sin conocer a nadie, encerrada en un cuarto pequeño mientras los días pasaban lentamente, todos iguales, esperando una operación.
Desde hacía meses mi pierna había decidido no responder. Dependía de muletas que odiaba con toda mi alma. Así que, intentando sacarme de la rutina y de una tristeza que ya se notaba demasiado, mis tíos optaron por arreglarme con esmero y traerme allí, con la esperanza de que tal vez hiciera un amigo.
Lo que ellos no sabían era que a esa edad los jóvenes están pendientes de todo, menos de hacer amistades.
Así que, aunque no fuera su intención, para mí fue cruel estar sentada como un espectro en medio de la noche fría, observando cómo un montón de pubertos se manoseaban, bailaban, se balanceaban al ritmo de la música… y caminaban. Caminaban como si fuera lo más natural del mundo.
Bufé cuando el tercer chico de la noche, tras una sonrisa tensa, desvió la mirada al notar mi pierna completamente rígida.
Tonto.
Pasaron los minutos y empecé a mirar mi teléfono, fingiendo interés para disimular las lágrimas que comenzaban a acumularse en mis ojos. Realmente había sido una mala idea venir. En casa estaba cómoda. En casa no tenía que fingir que no dolía.
Estaba tan absorta en mis pensamientos que no lo vi llegar.
Solo sentí una presencia. Y luego, un aroma.
No sabría describirlo con exactitud, pero fue la fragancia más deliciosa que había sentido en toda mi vida. Cuando levanté la vista, ahí estaba. Frente a mí.
Un chico claramente más alto que yo. Aún recuerdo haber pensado que era el chico más lindo que había visto hasta ese momento. Me quedé atrapada en sus ojos color ámbar, en sus brazos fuertes, en la forma en que me miraba sin desviar la vista. Sonreía. Pero no era una sonrisa incómoda ni burlona como las demás. Era tranquila, ladeada, cálida. Sus ojos transmitían una calma inesperada y su olor… Dios, su olor me invitaba a acercarme, a apoyar la cabeza en la curva de su cuello y quedarme ahí.
No sé cuánto tiempo lo observé ni si eso era lo más correcto, pero cuando miré sus labios —sus labios bonitos— solo los vi pronunciar la frase más estúpida posible.
—¿Por qué no bailas?
En mi mente no encontré palabras lo suficientemente rápidas para explicarle lo absurda que había sido su pregunta. Porque sí, Nick era jodidamente guapo, pero claramente no estaba usando el cerebro de la manera correcta.
Volvió a preguntar. Yo, cansada, le mostré mi pierna enyesada con una mirada agria que dejaba todo en evidencia. Esperé la incomodidad. El silencio. La decepción reflejada en su rostro.
Pero no ocurrió.
Nunca perdió la sonrisa. De hecho, la ensanchó.
—¿Me permites sentarme a tu lado? —preguntó.
Yo, aún desconcertada, solo pude asentir.
Se sentó. Su olor se volvió más intenso y no pude evitar sentirme extrañamente embriagada. No entendía por qué mi cuerpo reaccionaba así ante su cercanía ni por qué, entre tanta gente, había elegido sentarse conmigo.
Me preguntó mi nombre. Dijo que era lindo. Notó mi acento y me preguntó de dónde era. La conversación fluyó con una naturalidad que no recordaba haber sentido antes. Me preguntó si ya había conocido muchos lugares de la ciudad. Respondí que no, que mi situación no me lo permitía.
—¿Qué incapacidad? —preguntó.
Le conté que estaba esperando una operación, que mis meniscos estaban destrozados por un accidente. No me dejó terminar.
—¿Y eso en qué te impide conocer?
—Me impide caminar —respondí.
—¿Y si no caminamos? —dijo.
No entendía a qué se refería. Era un chico desconocido, alguien que acababa de conocer, y aun así comenzaba a descolocarme. Volvió a preguntarme si quería bailar. Dije que no. Insistió. Me pidió que lo intentara.
Finalmente acepté.
Me sostuvo con cuidado por la cintura y yo me aferré a él con fuerza, apoyando casi todo mi peso en sus brazos. En ese instante dejé de escuchar la música. Solo sentía los latidos acelerados de mi corazón. Me sentía ligera, casi flotando.
Cuando levanté la vista y encontré sus ojos, supe algo con una claridad absoluta:
Por primera vez en mucho tiempo, era feliz de estar ahí