XLV Como un ladronzuelo cualquiera, oculto tras el enorme oso de exhibición de la tienda, acechaba a la futura madre que veía ropita para su bebé. Tenía lentes oscuros, una chaqueta con capota y un cubrebocas, todo un coctel de sospecha. Cuando las empleadas se acercaban a preguntar lo que deseaba, no le quedaba de otra más que decir que era el guardia de la señora embarazada, esa hermosa de cabellos castaños claros y de barriga enorme. Mary siempre que llegaba a algún lugar les decía a quienes la atendían que si veían alguien sospechoso que la miraba, no se asustaran, era un guardaespaldas. Lo mismo hizo en aquella boutique, por eso dejaron que el hombre con tatuajes en sus manos siguiera en su labor. Los guardias reales que la veían desde afuera movían su cabeza de un lado a otro, sorp

