VI Mary estaba estupefacta. Rendida, se sentó con más fuerza sobre su esposo y puso sus manos en esos anchos y tatuados hombros. Miraba a la nada, pensando sabría Dios qué cosa. Nathaniel creyó que ya no era correcto seguir mirando sus pechos, así que con temor y sin saber qué esperar, posó sus manos alrededor de la cintura de su menuda mujer, que no objetó nada. Ya de ahí en adelante, no sabía que más podía avanzar, aun así, por fin tenía el placer de tocarla, de respirarla. Había añorado eso desde que se casó con ella, el poder lograr al menos hablarle sin que lo rechazara. Ese accidente, horrible, ahora parecía una bendición. —Mary… —¡¡Señor!! ¡¡Hay un problema que debe atender…!! Uno de los hombres que trabajaban para Nathaniel entró en la habitación sin tocar y se encontró con la

