XXXVII Él la acunaba con su cuerpo más grande, más caliente. La niña que fue un punto gris, pero que ahora era una bola de fuego, estaba acostada sobre su hombre, el que alguien había escogido para ella, el que había nacido y vivido en circunstancias más que horribles, el que sobrevivió a todo eso, para poder llegar a ese momento de ver hacia la nada hacia las cortinas blancas moverse con la brisa marina, a ese momento de ser solo ellos dos en el universo. Estaban cansados, extasiados, salpicados a más no poder y no les importaba. Él acariciaba su cabello ya algo ondulado por la humedad, ella estaba acurrucada por completo sobre él, escuchando como cantaba su corazón, agradeciendo el saber que su hombre era real. La mano que acariciaba el cabello, descansó sobre uno de los senos ya muy

