Capítulo 2

1375 Palabras
Una noche para olvidar  El olor a antiséptico del hospital de Saint Thomas tenía una densidad casi física, una cualidad espesa que se adhería a la parte posterior de la garganta y que ningún lavado concienzudo lograba eliminar. Llevaba exactamente catorce horas dentro de ese edificio de ladrillo y hormigón que miraba de reojo al Támesis. A mis veintiséis años, mi existencia se había reducido a un ciclo implacable y matemático: la textura áspera de las sábanas de los pacientes, el zumbido monótono de los monitores de signos vitales, los libros de texto de cardiología cuyos márgenes estaban repletos de anotaciones a lápiz, y ese cansancio sordo, instalado justo detrás de los ojos, que se había convertido en mi sombra más fiel. Cuando firmé la hoja de salida en el mostrador de enfermería, sentí que las piernas me pesaban como si estuvieran hechas de plomo. Me quité el uniforme azul con manos temblorosas, desanudando el cabello castaño que había llevado recogido en un moño tenso durante todo el día. Al mirarme en el pequeño espejo del vestuario, apenas me reconocí. Las ojeras marcaban dos semicírculos violáceos bajo mis ojos verdes, y mi piel tenía esa palidez traslúcida típica de quienes cambian las horas de sol por la luz parpadeante de los fluorescentes de una sala de urgencias. —Lottie, mírate. Pareces un fantasma que ha escapado de la sala de anatomía patológica —la voz de Amelia rompió la quietud del vestuario. Mi mejor amiga y compañera de facultad estaba apoyada contra la hilera de casilleros de metal, sosteniendo su abrigo y mirándome con severidad y genuina preocupación. —Solo necesito dormir, Amelia. Si logro tomar el autobús de la línea 11 antes de que empiece la huelga nocturna, podré estar en Chelsea en media hora —respondí, intentando sonreír, aunque el gesto me dolió en las comisuras de los labios—. Eleanor me espera. Le prometí que cenaríamos juntas y tengo que revisar sus niveles de digoxina antes de que se acueste. —Tu abuela Eleanor está perfectamente atendida por la vecina hasta la medianoche, ya me encargué de llamarla —insistió Amelia, dándome un leve empujón hacia el pasillo—. No vas a graduarte de médica si colapsas antes por falta de sueño o por inanición. Llevas tres semanas sin salir de este eje hospital-universidad-casa. Estás perdiendo el juicio, Charlotte. Necesitas un respiro, aunque sea de una hora. Una copa, música que no sea el pitido de un respirador, y aire que no huela a enfermedad. No tuve las fuerzas para discutir. Mi mente estaba tan embotada que me dejé arrastrar fuera del hospital, cruzando las puertas automáticas hacia la fría y húmeda noche londinense. La lluvia de Westminster nos recibió con una bofetada de viento que me obligó a subir el cuello de mi vieja chaqueta de lana. Caminamos a paso apresurado, esquivando los charcos que reflejaban las luces rojas de los autobuses urbanos, hasta que nos adentramos en el laberinto de calles estrechas que daban la bienvenida al Soho. Amelia no eligió uno de esos locales ruidosos y atestados de turistas que abundaban en la zona, sino un pequeño bar subterráneo, casi oculto tras una puerta de madera oscura con un discreto farol de bronce. Al bajar las escaleras, el ambiente cambió. El aroma a madera vieja, cera para muebles y un sutil toque de tabaco dulce reemplazó la asepsia del hospital. De fondo, una melodía de jazz suave y perezosa flotaba en el aire, envolviendo las pocas mesas ocupadas con una atmósfera de aislamiento perfecto. —Dos tónicas con limón, por favor —pidió Amelia al barman, mientras nos sentábamos en los taburetes altos situados en el extremo de la barra de caoba oscura. Me deslicé en el asiento, apoyando los codos en la madera pulida y dejando que mi barbilla descansara en mis manos. A través del gran ventanal que quedaba a unos metros de distancia, a nivel del suelo de la calle peatonal, se podían ver los zapatos de los transeúntes apresurados y las gotas de lluvia golpeando el cristal de manera rítmica, constante. Era una perspectiva extraña, como si estuviéramos observando el mundo desde una trinchera protegida. La tónica estaba fría, el gas me quemó levemente la garganta y me obligó a espabilarme. Miré el líquido transparente y, de pronto, una oleada de melancolía me inundó el pecho de forma inevitable. Desde que mi abuelo falleció hacía dos años, el mundo se había vuelto alarmantemente pequeño, estrecho y costoso. Él había sido el pilar de nuestra modesta estructura familiar; su ausencia no solo había dejado un vacío emocional imposible de llenar en la pequeña casa de Chelsea, sino también una lista interminable de deudas pendientes, hipotecas que apenas lográbamos cubrir con mi salario de asistente de enfermería y el coste siempre ascendente de los fármacos cardíacos que mantenían con vida a mi abuela Eleanor. Vivía dividida en fragmentos. En el hospital, tenía que ser la estudiante brillante, la joven médica que no dudaba ante una sutura o una lectura de electrocardiograma. En casa, debía transformarme en el sostén inquebrantable de Eleanor, la nieta alegre que minimizaba los problemas económicos y le aseguraba que el futuro estaba a la vuelta de la esquina, fingiendo que la ausencia del abuelo no me dolía cada vez que veía su sillón vacío junto a la chimenea apagada para ahorrar carbón. ¿Pero dónde quedaba yo? ¿Quién era Charlotte Bennett cuando no tenía un estetoscopio en el cuello ni una receta médica en las manos? —Sé lo que estás haciendo, Lottie —murmuró Amelia, rompiendo mi monólogo interno mientras me daba un suave toque con el hombro—. Estás calculando mentalmente cuánto cuesta cada minuto que pasas aquí sentada. Tienes que parar. Tu abuela te ama, pero ella insistiría más que nadie en que necesitas vivir, conocer a alguien, reír. No puedes cargar con el peso del universo sobre tus hombros a los veintiséis años. —No cargo con el universo, Amelia. Solo cargo con mi realidad —respondí, con la voz apagada, sintiendo cómo el cansancio físico se transformaba en una fatiga emocional mucho más difícil de combatir—. Si me permito flaquear un solo segundo, todo el edificio se viene abajo. La matrícula del próximo trimestre ya está vencida y el banco ha enviado dos avisos sobre la propiedad de Chelsea. Si no consigo ese turno extra el próximo fin de semana... Me callé. No quería arruinar la noche de mi amiga con mis eternas penurias financieras. Ella sabía de mis dificultades, pero yo me negaba sistemáticamente a aceptar su ayuda económica; su familia tampoco nadaba en la abundancia y mi orgullo, ese testarudo orgullo norteño que había heredado de mi abuelo, me impedía convertirme en la carga de nadie. Me negaba a depender de la caridad o de la compasión de un tercero. Prefería desgastarme las manos y la mente antes que inclinar la cabeza. Apoyé la espalda contra el respaldo del taburete, suspirando hondo y dejando que la música de jazz me invadiera. Solo quería una noche de paz. Una noche para olvidar las deudas, las paredes blancas del hospital, las cifras de la presión arterial y la angustia constante que se instalaba en mi estómago cada vez que el cartero cruzaba el jardín de Chelsea. Quería ser, aunque fuera por una hora, una mujer común en una ciudad inmensa y ajena; una desconocida flotando en la penumbra de un bar de Soho, observando cómo la lluvia de Londres borraba los contornos del mundo exterior. Fue entonces, mientras buscaba el anonimato en el fondo de mi vaso, cuando calor me recorrió la nuca. Como si el aire del local hubiera cambiado súbitamente de densidad. Dejé el vaso sobre la barra y, movida por un impulso que no supe controlar, giré la cabeza hacia el extremo opuesto del local. Allí, justo donde la luz de los faroles apenas alcanzaba a disipar las sombras, unos ojos grises, intensos como una tormenta de invierno sobre el mar del Norte, estaban fijos en mí. Y en su mirada no había la curiosidad casual de un cliente nocturno; había algo mucho más pesado, un ancla que amenazaba con arrastrarme hacia un territorio del que no sabía nada.
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