—¿Cómo haz estado? ¿Me extrañaste mucho? —le pregunté, como si Pavel pudiera entenderme. No me importaba, jamás tuve un perrito, y ese grandote se había ganado mi corazón. En ese momento deseé que su dueña fuera la mitad de lo cariñoso que era su mascota—. Te he traído pastel, pero solo puedes probar un poquito. Podría hacerte daño. De pronto, las manos de Sergei me sujetaron firmemente por debajo de los brazos, y en un segundo, me había colocado de pie. Lo miré, sintiendo una oleada de calor subir a mis mejillas. —Gracias—murmuré, deseando fervientemente que no notara el rubor en mi rostro. —Puedes guardar el pastel en la nevera—me indicó Sergei, con su voz habitual, profunda y calmada. Asentí, aun lidiando con el torbellino de emociones que su cercanía provocaba, y lo seguí hacia l

