Un vasto silencio me envolvía mientras cuando desperté sola en la habitación de Sergei. No era ajena a la soledad; de hecho, había sido mi única compañera durante la mayor parte de mi vida. Pero la presencia constante de Sergei había cambiado algo mi normalidad, llenando de matices diferentes los rincones de mi mundo que solían estar sumidos en sombras perpetuas. Me preocupé al darme cuando que solo en dos días me parecía que, sin él, el vacío era más palpable, más agudo. No tenía idea de qué hora era, pero el manto oscuro que cubría el cielo visto desde el ventanal indicaba que faltaba poco para el amanecer. Recordé mi infancia, esos días en la casa de Bob y Amelia, cuando ansiaba que llegara el día para escapar al refugio de la escuela y alejarme de la opresión de ese hogar. Aprendí ent

