CAPITULO VEINTE: ¿QUÉ SIENTES?

2307 Palabras
Zoy corrigió el guio, mordió la punta de su lápiz, eran pasada de las dos y al no poder dormir, se había quedado corrigiendo hasta tarde junto con un Eros que roncaba, una taza de café cargada. Había estado tan involucrada con su trabajo que había ignorar todo lo que pasaba alrededor, había ido del trabajo a su casa o a la de sus padres, ignorando las conversaciones tensas de sus padres, las incomodas de sus hermanos, en especial la de Jorge, era su mellizo, habían sido muy cercanos hasta que ella decidió casarse con Napoleón, su hermano la alejó por completo y dejó de hablarle. Siempre creyó que era una actitud inmadura, pero era algo que Jorge siempre hacía, cuando algo no le gustaba, así todo para herir a los otros. Siempre fue así y agradeció que se alejara, su amargura solo iba a contagiarla. Cleyton y Nikita eran diferente, el mayor era protector y el otro cómplice, algo que no podía con su mellizo, nunca entendió porque era tan...gruñón. La chica no quiso pensar en su hermano, corrigió y después de un rato grabó un video donde enfocaba a Eros roncando, luego a ella con lentes, sonriendo. Al instante amigos, hermanos e Iyali vieron su estado, comenzaron a responder, parecía que todos estaban pasando una noche larga. Abrió el primer mensaje y sonrió. Nikita 02:34am Por favor, no lo dejes conmigo. Soy un buen tío, pero él despertaría a todo el edificio. Cleyton 02:35am Pobre criatura, día largo. Jorge 02:37am Perro feo, ¿Cómo lo soportas? Zoy 02:39am Te soporté a ti, y ahora a mi criatura que es un amor. Jorge 02:40am Graciosa, graciosa. ¿podemos almorzar mañana? VISTO Pasó al mensaje de Iyali y una sonrisa curvó sus labios, parecía que no se daba cuenta lo que él ocasiona en ella, lo ignoraba, por el lazo que seguía uniéndolos. Iyali 02:30am Precioso, su compañía haría que no me duerma mientras estudio casos, hasta sería una noche interesante. Zoy 02:45am Jajajaj ¿Cuándo pasas por él? Iyali 02:46am Ahora, ¿puedo? Zoy 02:47am Jajaja tú quieres café y compañía. Iyali 02:48am Atrapado. ¿Llevo hamburguesas? Zoy 02:48am Sí, con mucha mostaza y ají. Zoy sonrió y se puso de pie, empezó a limpiar todo, Eros la siguió mientras limpiaba, sacudía y terminó por darse un baño rápido, alistó la mesa y esperó pacientemente. Una hora, dos horas, pero Iyali nunca llegó. Ella marcó su número, pero él nunca contestó. Al instante, su celular sonó, era Iyali. Sonrió, la despreocupación se fue yendo ni bien contestó. —¿Qué pasó? Me has preocupado. —¿Zoy Soto? —era la voz de una mujer, se puso seria, ¿acaso el salía con alguien y la mujer se había puesto celosa? —Sí, ella habla. ¿Pasa algo? —El señor Iyali Ocampos tuvo un accidente en la panamericana, ha sido ingresado en estado crítico..., usted... Pero Zoy ya no estaba escuchando, ¿un accidente? ¿Iyali el invencible? Qué diablos, no podía estar repitiendo la historia. —Usted ha sido la única que contestó. —Voy para allá, ¿en qué hospital está? —sus manos temblaron mientras buscaba un abrigo y las llaves, miró a Eros que la veía confundido. —En el hospital regional —concluyó la mujer. Zoy agradeció y corto, para después llamar un taxi, miró a Eros y acarició su cabeza, el perrito la miró. —Iyali estará bien, cariño, lo estará. Ella besó su cabeza y luego se fue de ahí, con dirección al hospital, corrió de un lado a otro, pidiendo nombre hasta que vio a su mejor amigo, Oliver ahí, ambos se habían visto en algún momento, compartido palabras, pero no más. Ambos se miraron con tristeza. —Él estará bien —dijo Oliver—. Estará bien. Ambos esperaron pacientemente con café en manos, hasta que a las siete de la mañana llegó la familia Ocampos, recién habían podido contactarlos, todos se sorprendieron de ver a Zoy, pero no dijeron nada. Napoleón no pudo evitar querer acercarse, pero mantuvo su distancia, por el bien de ella. Davide sintió pena por Zoy, verla nuevamente en una sala de espera, por un hermano suyo, rompiéndose de a poco, parecía ser que ella no tenía suerte. Sea pareja, sea amigo, parecía que la línea estaba cortada entre los dos hermanos. Napoleón fue por café, volvió y le tendió uno a Zoy, quien cansada lo aceptó. Se sentó a su lado, y es que la verdad era que, Iyali le importaba, pero estaba ahí para acompañar a sus padres. Carecía de sentimientos hacia su gemelo, a veces hasta parecía que lo unió que los unía era el odio hacia el otro. Napoleón detestaba que él pudiera estar cerca de Zoy y él no, lo odiaba, y no sabía cómo mostrar aquel sentimiento tan estúpido, ni siquiera sabía donde estaba su vergüenza, su exesposa y madre de su hijo estaba en el pueblo, embarazada a semanas de dar a luz, pero él estaba ahí, queriendo consolar a la mujer que amaba. —Él estará bien. —Sí, Iyali es fuerte —susurró—. Y me debe una hamburguesa. No habló más, porque ese día escuchó que ella le decía a Oliver que Iyali y ella habían quedado a cenar en su casa, en la madrugada. ¿Cómo era eso posible? ¿Cómo ellos se acercaban más? Zoy detestaba a Iyali, ¿por qué ahora parecía quererlo. Dos días después del accidente él despertó, agradecieron que no fuera algo peor, él estaba bien, había salido de operación con éxito y ahora había pedido hablar con Zoy. Napoleón saltó, molesto, pero nadie en ese momento le daba atención, todo era Iyali. Él se quedó afuera de la habitación, escuchando, necesitaba saber más, que era lo que pasaba entre ellos. —Lamento no haber llegado con las hamburguesas —susurró Iyali, la voz ronca y arrastraba las palabras. —Y yo me alegro de que estes bien. —¿Estás feliz? —susurró su gemelo. —Estoy agradecida por verte bien —la voz de Zoy se quebró y luego la escuchó gimotear—. No puedo pasar por lo mismo otras, tú, en esta cama. De inmediato el dolor en su cabeza lo golpeó, apretó los labios para no soltar un gemido ante el dolor, parpadeó y la escuchó, la vio. —Napoleón, despierta, por favor, mi amor —ella lloraba, él no podía abrir los ojos. Oh, Zoy—. Cristóbal se ha ido, ¿Cómo voy a superar esto sola? ¿Quién era Cristóbal? Fue la pregunta que retumbó en su cabeza, ya no quiso seguir escuchando o recordando, solo se fue de ahí, confundido y dolido. (***) Ana Ocampos nació en primavera, entre las flores y las fiestas, nació entre los gritos de sus tíos y el llanto de sus padres. Ana nació en casa, en un parto largo que llenó de angustia a la familia, pero a las once del día lanzó su primer grito calentando el corazón de todos. Un bebé sano. Un bebé que llegó con el poder de sanar las heridas del corazón de un hombre que había perdido la dirección de su camino. Un bebé que todos amaron. Un bebé que cambiaría la vida de todos. Napoleón corrió las cortinas y sonrió cuando vio al sol en lo más alto, brillando. Soltó una carcajada cuando escuchó a los pájaros cantar, las avispas cerca y las flores abriéndose. Era un precioso día, uno de los tantos que habían disfrutado desde la llegada de su hija, de su primera hija. De su niñita. Una semana desde aquel acontecimiento que había alterado a su familia, que los había hecho reír de felicidad y brindar, una razón más para celebrar aparte de la pronta recuperación de Iyali. El tatuador levantó la mano y sonrió al ver los deditos de su hija grabados en su piel, y abajo su nombre. Ni bien lo tuvo en sus brazos fue el hombre más feliz, más completo. Más radiante. Él estaba tatuando cuando Davide había llegado diciendo que le habían agarrado los dolores a Amanda, que se encontraba en un pueblo con su familia, que no había tiempo para hospitales y él voló. Llegó a tiempo, a tiempo para verlo llorar junto a su madre. Amanda había sido tan comprensiva, tan amable y amorosa, ella era una mujer espectacular y como madre lo era aun más, esa chispa en sus ojos brillaba más. La vio tan hermosa, tan valiente. Ella no quería soltar a su bebé, siempre estaba pendiente de ella y se la pasaba horas observándola. Podía ver el amor en su mirada, podía verla brillar otra vez. —Es un hermoso día —la voz de Amanda lo hizo salir de su ensoñación, asintió y con una sonrisa se acercó ayudándola a ponerse de pie, ambos de la mano se acercaron a la cuna viéndola dormir. Su pequeñita estaba ahí, removiéndose y entreabriendo los ojos, algunas mechas rubias brillaron en su cabecita, su ropa celeste solo lo hizo ver más blanca. La joven se inclinó tomándolo con cuidado en sus brazos, pasó su nariz por su cuello recogiendo su aroma para después besarlo, Ana abrió sus ojos y los miró, moviéndose en los brazos de su madre. —Hola mi amor —Amanda besó sus manitos, sus cachetes y naricita. —Hola mi vida —Napoleón pasó sus dedos por el cabello y su pequeña se quejó, seguramente quería solo la atención de mamá. Ambos padres primerizos soltaron una risita—. Mami y papi te aman cariño, y haremos todo por verte feliz, hoy y siempre. Estaremos para ti cada minuto de nuestra vida. La pequeña rompió el llanto y Amanda la apretó con cuidado a su pecho, lo alimentó y Napoleón quedó fascinado, y cuando se durmió él quiso darle privacidad a Amanda tomó su celular dejando que Ed Sheeran llenara de brillo la casa, y en segundos toda la familia estaba ahí, sonriendo mientras el padre orgulloso mostraba las fotos del bebé, fotos donde no hacía absueltamente nada, pero igual robaba unos aww. —Estoy tan feliz por ti amor —Mirta susurró con los ojos brillosos, incluso Iyali estaba ahí, viendo la foto impresa y en sus manos un pequeño regalo. ¿hasta cuándo cargaría con esa verdad? Napoleón era padre, dos veces. Cristóbal y Ana. —Pronto tendremos un pequeñito en casa para que acompañe a Ana, pronto —dijo Davide riendo —Felicidades hermano, tienes una hija bellísima —Iyali le sonrió y por primera vez no hubo malicia ni rencores, Napoleón palmoteó su hombro y se miraron—. Se pareced mucho a ti. —¿A los dos? —dijeron con gracia los demás. —No, tiene tu forma de mirar. Ana es hermosa. —Será la niña más mimada aquí —David y su padre rieron juntando sus copas. Napoleón vio a Amanda salir con el pequeño en brazos, tenía la nariz arrugadita y la joven se lo pasó mientras era abrazada por su padre, el mayor tomó a la pequeña en sus brazos y sus padres se acercaron felices. ¿Y cómo no? Ana llegó trayendo color. Esa noche Amanda volvió a dormir con su pequeña pero esta vez Napoleón se quedó ahí, con ella, como si fueran felices, un matrimonio feliz. Estaba feliz por el nacimiento de su pequeña, pero un sentimiento tan fuerte no se iba tan rápido, y ahora solo quedaba trabajar para olvidarlo, no debía hacerse falsas ilusiones, él solo era el padre de Ana. La madre primeriza sonrió viéndola tendida en la cama, tan pequeñito y con aquella ropa de algodón blanca con estrellitas de colores, la joven pasó las yemas de sus dedos por sus pequeñas manos, sus dedos y sus uñas, luego subió hacia su rostro y sonrió, tenía una nariz pequeña, unos labios chiquitos y unos ojos enormes que devorarían todo a su paso. La amaba, lo amaba como nunca amó a nadie y haría todo por hacerla feliz, por protegerla. —Es la bebé más hermosa que jamás he visto —la voz ronca de Iyali la hizo sobresaltar, estaba de pie con una camisa blanca y unos pantalones del mismo color, su cabello bien peinado hacia atrás. Estaba serio, sosteniendo una pequeña bolsa, se acercó lanzando una mirada hacia Napoleón que dormía en el mueble—. Ha sacado lo mejor de ambos. —Mientes, dijiste que yo era feo —sonrió recostándose en la cabecera de la cama sin dejar de ver a Ana, Iyali le tendió el regalo, ella lo abrió encontrándose una pequeña cadenita. Sonrió, era la primera joya que Ana recibía—. Es hermosa, su primera joya. Gracias, Iyali. —No tienes que agradecer, es mi sobrina y quiero que siempre tenga lo mejor. —Amanda asintió y con cuidado lo tomó en sus brazos, el bebé se quejó, pero terminó durmiéndose otra vez—. Por favor, no permitas que el odio la corrompa. —No quiero separarme de ella y sé que lo haré, Napoleón también merece estar con ella, la ama. Es su hija. —El tiempo cierra las heridas del corazón, Amanda —Iyali estiró sus dedos para acariciar la pequeña nariz del bebé—. Y en un futuro solo serán dos amigos que aman a su hija, dos personas que darían todo por ella. — ¿Por qué estás tan seguro? —ambos se miraron, Iyali parecía saber tanto y también cambiado mucho. —Porque ya lo he vivido. Fue lo ultimo que dijo, luego sostuvo a la beba, le dio un beso en la frente y se llevó la foto que Amanda le había regalado, feliz. Un recuerdo de la pequeña que esperaba ver más a menudo.
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